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"Comprender
las cosas que nos rodean es la mejor preparación para comprender
las cosas que hay mas allá" ************************** La mente alerta, nuestra conexión directa con la realidad, puede ser alterada o incluso anulada a instancias de la voluntad, el uso de drogas o, simplemente, echándonos a dormir y soñando. ¿Se esconde un genio en el interior
de cada uno de nosotros? ¿Tenemos capacidades y poderes ocultos
que ni siquiera sospechamos? A lo largo de los tiempos, los seres humanos
hemos usado cualquier medio o práctica a nuestro alcance para
modificar el estado normal de nuestra conciencia, buscando en secreto
ser más que humanos, abrir los ojos a otra realidad. Eso les
habían prometido a Adán y Eva antes de morder la manzana.
Quizá aquel árbol de la ciencia era, en realidad, el árbol
de la consciencia. Las culturas antiguas miraban con respeto los sueños, como demuestra la cantidad de alusiones a ellos que hay en la Biblia. Se entendía como un estado en el que el espíritu del durmiente podía contemplar el mundo y sus misterios con una lucidez paralela a su propia pureza, entrando en contacto así con otros mundos u otros seres. De hecho, gran parte del núcleo dogmático de las tres grandes religiones monoteístas se apoya en revelaciones divinas efectuadas en medio de sueños proféticos. ||¿POR QUÉ NECESITAMOS SOÑAR?|| Si hay algo realmente íntimo y
privado, son los sueños. Después del reciente interés
que ha desarrollado la ciencia por su estudio, hemos aprendido mucho
sobre sus fases de valles y de mesetas, así como sobre sus sutiles
mecanismos fisiológicos. La aportación de la psicología,
con Freud como portaestandarte, ha desvelado la existencia de arquetipos
de sueños y la relación de algunos de ellos con las Pero el sueño es todo lo contrario de eso. Ignoramos la causa concreta de que determinada noche produzcamos unos fantasmas y no otros, pero sabemos que va mucho más allá de ser un reflejo de lo que nos ha pasado durante el día. Es como si buceáramos en el pozo desorganizado de nuestra masa de recuerdos, asociándolos o disociándolos desinhibidamente en virtud de razones caprichosas. Claro está que en el curso de ese proceso podemos acertar con una asociación y reflejarla en un símbolo determinado. El análisis de los sueños condujo a Freud a reconocer algunos de esos símbolos como arquetípicos, y a ofrecer una interpretación en virtud de su naturaleza. Reencarnaba así el barbudo profesor austríaco la figura de un moderno José interpretando los sueños del faraón de Egipto. ||SUSTANCIAS PSICOACTIVAS|| Otros prefieren soñar de un modo
distinto. Probablemente, antes de ser humanos ya consumíamos
drogas, como hacen muchos animales superiores. En las primeras civilizaciones,
el conocimiento del poder de las plantas era imprescindible para la
supervivencia. Pero no solamente por su poder terapéutico, sino
también por su capacidad para alterar la conciencia individual
y colectiva. La historia antigua nos habla de ciertas prácticas
rituales, como la de los escitas, que quemaban plantas de cáñamo
dentro de sus chozas de piel. Nuestros museos guardan varios ejemplares
de braserillos rituales con asas decoradas en forma de cabezas de amapola,
que también aparecen pintadas profusamente en la cerámica
ibérica de Levante. Y hoy mismo, en los pueblos llamados primitivos,
los brujos, chamanes y hechiceros siguen siendo los depositarios de
aquellos viejos saberes. Así que es normal que utilicen vehículos
como el peyote para alcanzar un estado espiritual que refuerce sus ritos.
La mandrágora, un poderoso narcótico, y el estramonio
o datura, llamada hierba de las brujas, de la que se extrae el alcaloide
tóxico llamado daturina, desempeñaron entre otras esas
funciones durante la Edad Media europea. Si hay una casta especialmente proclive al uso de drogas para alterar la conciencia, es sin duda la de los artistas. Y, en especial, la de los escritores y poetas. Desde el láudano de Coleridge y Thomas de Quincey, hasta la bestial heroína de Burroughs, pasando por la dura mezcla de absenta y hachís de Rimbaud y Verlaine, los tragos de éter de Aleister Crowley, la mescalina de Huxley y la dulce pipa de kif de don Ramón del Valle Inclán, puede decirse que nuestra mejor literatura moderna y contemporánea está escrita a base de café, alcohol, tabaco... y drogas de todas clases. La imaginación artística agradece un pedestal desde el que echarse a volar o desde el que sumergirse en sí misma, y el artista se agarra a lo que puede cuando tiene que enfrentarse con la página, el lienzo o la partitura en blanco. ¿Qué es lo que llamamos "frenesí creador" sino una particular disposición, un estado especial de la consciencia? Hemos acuñado muchos términos para referirnos a ese estado: inspiración, estro, arrebato, pero en gran número de casos el manantial de la obra de arte constituye la respuesta a un suceso concreto en la vida del artista. La ruptura amorosa, por ejemplo, es un motor clásico. Cuando el sujeto necesita traducir a expresión artística su respuesta al dolor de la pérdida, no suele hacerlo a palo seco. Busca ayuda en cualquier estimulante empezando por el alcohol, la droga más común y quizá, también, la que produce la peor toxicomanía. La alteración que provocan las drogas psicodélicas como el LSD ocupa el peldaño superior en la escalera de nuestra consciencia aunque, a menudo, las ideas más geniales y aparentemente sólidas que aparecen en el curso de un trip se hacen humo al regresar a la normalidad. Sorprende la profunda mediocridad de innumerables obras de todo género concebidas en ese estado por artistas, escritores y filósofos capaces de los mayores logros en estado normal. El concepto viaje que hemos asociado a los efectos de esta droga es muy acertado. Viajamos a bordo de un vehículo que no sabemos quien conduce, y a eso puede responderse de dos maneras: con confianza o con miedo. Si nos asustamos, pronto llegará el pánico y, tras él, el horror. Que se lo pregunten a quien ha tenido la experiencia de un auténtico mal viaje. En cambio, para algunos otros que han probado la sustancia con todas las garantías y precauciones, la experiencia no sólo ha sido positiva, sino que muchos años después la siguen considerando crucial en el curso de su existencia. No en vano tituló Huxley Las puertas de la percepción. Cielo e infierno a su ensayo ya clásico sobre la mescalina. ||LA MÍSTICA: ORIENTE Y OCCIDENTE|| Hay algunos, sin embargo, que no precisan
recurrir a estímulos externos para hacer saltar a su consciencia
sobre el listón gris de la realidad, aunque se trata sin duda
del A quienes consiguen esa iluminación especial, por la vía que sea, se les considera santos. Y una de las prerrogativas de los santos es hacer milagros. La relación de prodigios que las religiones del mundo han acumulado a lo largo de los siglos llenaría una biblioteca gigantesca. Los hay magníficos, pero también absurdos. En todo caso, podríamos entender que el milagro se produce porque, cuando alguien se deshace de su yo, se lleva también por delante -aunque lo haga sin querer- los lazos que lo ataban a la naturaleza. Entonces, por ejemplo, alguien lo ve levitar. O caminar sobre las aguas. O se vuelve clarividente. O domina las lenguas. También hay unanimidad en que cuando se alcanza este estado, llámese iluminación, rapto, satori o nirvana, el sujeto nunca vuelve a ser el mismo. Según todas las vías de la mística, ése ya no es un estado de consciencia, sino el completo abandono de la consciencia, el cese de todos los estados. Y, para los que hablamos castellano, es un orgullo que una de sus mejores descripciones haya sido escrita en tal idioma. Lo hizo en el siglo XVI el abulense Juan de Yepes, a quien la Iglesia conoció como san Juan de la Cruz. ||LOS FAKIRES|| La imagen del faquir tendido sobre su
cama de clavos es uno de esos iconos que resultan familiares hasta para
los niños, pero responde a un hecho cierto. Desde los tiempos
más remotos, los ascetas indios han visto en el cuerpo el principal
enemigo del alma y han buscado en el dominio de éste el camino
hacia aquélla. Sus prácticas, que ya asombraron a los
griegos clásicos (quienes los llamaban gimnosofistas), han Alberto Porlan - "Muy Especial"
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