Humanos y animales


Seguro que en más de una ocasión te has preguntado por qué ante un cierto tipo de estímulo tu piel se pone de gallina o el pulso se acelera sin que puedas controlarlo. Todas estas son reacciones fisiológicas sobre las cuales nuestra mente no ejerce un dominio completo. No en vano, no hay que pasar por alto que los seres humanos somos fundamentalmente animales. Una idea que acompañada del adjetivo racionales repetimos hasta la saciedad en la escuela y de la que a menudo nos olvidamos, probablemente porque influidos por la sociedad acostumbramos a insistir en cuántos rasgos nos diferencian.

Somos animales, es decir, organismos móviles y pluricelulares que obtenemos energía de la ingestión de otros organismos, precisamente porque no somos ni vegetales, ni bacterias, ni seres unicelulares, ni mucho menos hongos. Y todo, aunque esta denominación con el paso del tiempo haya adquirido unos tintes perversos y en nuestro lenguaje tenga, por desgracia, esa connotación de bestia o salvaje que honra a muchos de nuestros compañeros del reino animal y que en el hombre, por infinidad de motivos culturales, no acaba de estar bien vista.

De algún modo, al igual que el ser humano ha transformado la naturaleza a su antojo, ha modelado una visión del mundo muy particular que, basándose en nuestra conciencia, nos sitúa en el centro del universo. Esta concepción antropocéntrica que hace que el ser humano, por considerarse superior a los demás, reniegue de todo lo que nos acerca al resto de los animales. De hecho, a medida que se retrocede en el tiempo o se analiza la relación con el entorno en sociedades supuestamente "menos desarrolladas", aumenta el respeto por su medio de vida, en este caso la naturaleza y, en particular, por los animales.

Así pueden explicarse los rituales basados en el totemismo que han caracterizado a algunas tribus primitivas. La admiración que sentían por todo aquello que les rodeaba les impulsaba a asignarse un tótem por grupo o individuo, normalmente un animal, aunque también podía tratarse de un fenómeno atmosférico por el que sintieran un profundo respeto.

||RÁPIDO COMO LA AMIGA ARDILLA||

Partiendo de un contacto casual durante la infancia, un arañazo fortuito de un lobo o una mirada de una ardilla desde el borde del capacho cuando aún era bebé, el hombre adquiría de forma mágica sus cualidades. La rapidez de la ardilla, el valor del tigre o Ardillala independencia del lobo definían a partir de entonces su propio carácter, del que podía presumir ante el resto de la comunidad. Su tótem se convertía en una especie de dios personal, por lo que no estaba permitido que comiera de su propia carne.

Este tipo de prácticas han sido sustituidas en la sociedad actual por el culto al hombre. El modelo del ser humano es el mismo hombre. Se ha pasado de idolatrar a los animales y, por tanto, de valorar todo lo que nos acercaba a ellos, a subirnos a nosotros mismos en un pedestal y utilizar todo lo que nos rodea exclusivamente en beneficio propio.

Para justificar esta actitud tremendamente egoísta ha sido necesario, por encima de todo, potenciar nuestras diferencias. La posibilidad de comunicarnos por medio del lenguaje y el empleo de herramientas han sido dos de los argumentos esgrimidos en este sentido a lo largo del tiempo. Pero para algunos investigadores, los indicios apuntan a que el uso del lenguaje no parece ser exclusivo del hombre. Así lo indican, por ejemplo, las últimas experiencias en el Centro de Investigación del Lenguaje de la Universidad de Georgia. A través de un sistema de ordenadores y sintetizadores los chimpancés pueden componer frases y mantener una conversación con sus cuidadores. Y lo que es más, una chimpancé de 14 años ha llegado a controlar un vocabulario de 3.000 palabras y es capaz de utilizar con acierto conceptos como bueno, malo o ayuda, entre otros muchos.

||NUESTRO CUERPO Y LA POSICIÓN ERGUIDA||

No obstante, otros científicos se muestran escépticos y sostienen que los simios se limitan a responder de forma inconsciente a las personas que los entrenan en función de conductas aprendidas.

El hombre maneja el lenguaje con la misma facilidad con la que emplea todas las herramientas que encuentra a su alcance para conseguir sus fines. En la evolución, el paso de apoyarse en las cuatro extremidades para cambiar a la posición bípeda permitió que las manos quedaran libres y actuaran por su cuenta. La biología, no obstante, todavía nos pasa factura y el cuerpo humano no acaba de adaptarse a esta postura un tanto "antinatural". Con toda probabilidad, aquí se encuentra el origen de los numerosos problemas de espalda que muchos padecen (las frecuentes escoliosis, etc.) y de enfermedades como la artrosis de columna, cadera y rodilla, además de buena parte de los problemas en los pies. Nuestra manos están libres, y a esto debemos gran parte de nuestro desarrollo, pero el resto de cuerpo no ha dejado de sufrir las consecuencias de mantener esta posición forzada.

En este sentido, nuestro parecido con otros animales se limita en exclusiva a los primates, que, como nosotros, disponen de extremidades superiores prensiles de las que pueden valerse para capturar y con las que se apoyan para caminar como nuestros antepasados.

Los parecidos con el resto de las especies aumentan cuando se trata de satisfacer necesidades biológicas, aunque también se dan importantes coincidencias a la hora de analizar las alteraciones en la sociedad ante un tipo de estímulos.

||AUMENTA LA POBLACIÓN: LAS RATAS CAMBIAN||

El biólogo J.J. Christian analizó las reacciones de un grupo de ratas ante una elevada densidad de población. Los resultados fueron sorprendentes. Entre los machos, la pubertad se retrasaba considerablemente, y se reducía la secreción de andrógenos testiculares, aumentando así los niveles de Ratahomosexualidad. Se incrementaba la violencia, al tiempo que se reducían los nacimientos y aumentaba la mortalidad. En esta situación de estrés, los estratos inferiores resultaban más afectados por el exceso de población.

Con algunas variaciones, este podría ser el retrato de diversas sociedades humanas. De algún modo, las sociedades y las culturas de los hombres se han construido sobre unas costumbres ancestrales, estableciéndose, en teoría de mutuo acuerdo, normas y pautas, y sanciones y castigos para quienes no son capaces o no desean cumplirlas.

En este manual de comportamiento en el que todo está previsto, la satisfacción de las necesidades físicas, probablemente el aspecto más animal del hombre, está perfectamente integrada. Lo que sucede es que este mecanismo funciona sin que apenas nos demos cuenta.

Nadie repara en la importancia de la respiración. Sin oxígeno las células nerviosas del cerebro cesarían su funcionamiento. Ni tampoco en los mecanismos que emplea nuestro cuerpo para regular la temperatura, que localiza su centro en el hipotálamo y genera respuestas en función de la temperatura de la sangre que circula en las proximidades.

Ante situaciones de estrés, las reacciones humanas son principalmente físicas. Aumenta la tensión arterial y el ritmo cardíaco sin que podamos ejercer ningún control. Nos comportamos como los demás animales ante un peligro externo.

La preferencia de unos alimentos o la distribución de las comidas están condicionadas por la cultura. Pero no las señales del cuerpo que nos indican que tenemos hambre, como las contracciones del estómago o las alteraciones del azúcar en la sangre. La sensación de hambre, en cualquier caso, a veces aparece ante la visión de un alimento que nos gusta o al observar a otras personas comer.

Lo mismo ocurre con la sed. Los hombres pueden elegir entre diversas bebidas y no siempre beben para saciar la sed. Sin embargo, cuando el cuerpo reclama agua pone en marcha un complicadísimo sistema. Aunque la señal de alarma se lanza desde la boca y la garganta, que aparecen secas, la base fisiológica de la sed no se fundamenta aquí, si no bastaría con humedecer estas zonas para saciarla. Se cree que es la deshidratación celular la que estimula una vez más la secreción de una hormona. El centro de la sed también parece encontrarse en una región del hipotálamo.

||UNA PASIÓN COMPARTIDA: LA SIESTA||

Y después de saciar la sed y de llenar el estómago, nada mejor que una buena siesta. En la aparición del sueño en el hombre intervienen tantos motivos físicos como aprendidos. La sensación de fatiga, por ejemplo, aparece ligada a cambios en la composición de la sangre. En cualquier caso, los condicionamientos del aprendizaje Perroson importantes. Mientras los niños duermen a su antojo, los adultos establecen un sistema de alternancia del sueño y vigilia perfectamente programado, que por lo general coincide con el día y la noche. Aunque obviamente, en el círculo polar sus habitantes no alternan seis meses de sueño con siete de vigilia. Después de comer, esta sensación aparece en el hombre y también en otros muchos animales, como la bucarda de los Pirineos o el perro, que duermen la siesta.

En la misma línea, al igual que nuestro cuerpo nos comunica la necesidad de ingerir alimentos, nos indica que hay que eliminar lo que no ha sido asimilado. Así, el hombre advierte la presencia de productos de desecho en el intestino y en la vejiga por la presión que ejercen sobre otros órganos. Es el momento de ir al baño. El mecanismo es el mismo en los animales que, como los niños y a diferencia del hombre adulto, no están condicionados para controlar sus esfínteres.

Y si en algo nos parecemos al resto de nuestros amigos es en la tendencia instintiva a evitar el dolor. En el momento del nacimiento el niño puede sentirlo, pero a través de la propia experiencia aprende a evitar las situaciones que lo provocan.

Lo mismo ocurre con la búsqueda del placer, que en el comportamiento sexual de los hombres se antepone al interés de perpetuar la especie. Se cree que los bonobos, además de intentar la gestación de nuevos miembros para el grupo, mantienen relaciones sexuales regidos por el mismo principio.

Las similitudes con los animales no se limitan al terreno fisiológico. Nuestra actividad social entronca con la de otras muchas especies. El apretón de manos o los dos besos Elefantenos recuerdan a los afectuosos saludos entre los elefantes, más calurosos cuanto mayor es la relación entre los animales y más tiempo hace que no se ven. Los rituales de paso de la infancia a la edad adulta (días de supervivencia en el bosque, bailes de debutantes o el carnet de conducir en la actualidad) se equiparan al empuje de las aves del nido.

En este juego de comparaciones, la conciencia humana de la muerte no parece encontrar réplica en el mundo animal. Lejos de calcular su final, los elefantes enfermos, por ejemplo, acuden a los supuestos cementerios buscando el frescor del agua y la sombra de los árboles. Sin embargo, como nosotros, parecen lamentar y resistirse a la pérdida de un ser querido. Es conocido el caso de un gorila que intentó alimentar durante días el cuerpo sin vida de su cría. Y es que si hay un principio vigente en el reino animal que todos compartimos, es el de la lucha sin descanso por la supervivencia.

Esther Martín - "Natura"

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