Extraordinarios gatos

 

Dedicado a aquellos que os fuisteis en silencio, solos e ignorados igual que lo fuisteis en vida.

Las calles amanecen desiertas. No hay rastro de ellos por ninguna calle, por ninguna esquina, ni en las ramas de los árboles ni sobre el capó de ningún automóvil. El silencio se ha hecho en aquellos espacios en los que ellos habitaban. No se escuchan sus maullidos. Tampoco se los ve corretear por la calle. Faltan sus juegos y sus algarabías cuando alguno de ellos estaba en celo. Tan sólo los cuerpos inertes de algunos de ellos nos permiten recordarlos. Recordarlos con tristeza por el desenlace tan fatal de sus vidas. Resulta difícil no sentir tristeza al imaginar como se han ido: con sufrimiento y en soledad, buscando el amparo de algún rincón conocido como una última aclamación de encontrar un techo, un hogar o una mano amiga que les protegiera y les ofreciera consuelo en el momento de su partida, su partida hacia el mundo de los muertos.

Sus vidas corrieron la misma suerte. Eran los sin nombre, los sin techo. Felinos callejeros que resultaban indiferentes a muchos y molestos a otros tantos.


Tal vez sus vidas hubieran sido diferentes si el destino hubiera querido que hubieran nacido en algún lugar de una ciudad, en cualquier calle repleta de automóviles transitando de un lugar a otro. Envueltos en una nube de polución y rodeados de sonidos estridentes como los cláxones de los automóviles o las máquinas destinadas a la realización de obras públicas. Calles transitadas por infinidad de personas yendo de un lugar a otro, unos caminando en solitario, otros conversando con la persona que caminaba a su lado y otros distraídos escuchando su reproductor MP4 o manteniendo una conversación telefónica a través de su celular de última generación. Quizás el ambiente que les rodeaba estaba sumido en el caos, pero podían haber encontrado más contenedores, más papeleras, donde buscar su alimento. Y quizás su final hubiera sido diferente.

GatitoSin lugar a dudas, sus vidas hubieran corrido mejor suerte si el destino les hubiera llevado a venir a este mundo o a criarse dentro de un hogar, donde sus dueños, seguramente personas que aman los animales les hubieran brindado todo el alimento, todos los cuidados y todos los mimos que ellos hubieran necesitado para tener una vida tranquila y de calidad. Indudablemente el final de su vida terrenal hubiera llegado algún día, pero seguramente su viaje de partida hubiera sido más placentero: sin dolor y en compañía.

Pero el destino había querido que ellos nacieran y se criaran en las calles de aquel pequeño pueblo cerca de la montaña. No tenían nombre, no tenían un hogar donde cobijarse, no tenían a una persona cerca de ellos que los cuidara y los protegiera, pero su vida de felinos errantes tampoco estaba tan mal. Deambulaban por las calles de un lugar a otro, unas a paso lento y pesado y otras correteando. Se acompañaban los unos a los otros. Todos ellos formaban una gran familia en la que como en cualquier otra había momentos para todo: para jugar, para compartir alimentos, para relacionarse los unos con los otros, para discutir o para mimarse.

Les gustaba tumbarse en la acera para recibir los rayos del sol. Dormían sobre el alférez de una ventana, sobre una maceta o sobre un automóvil recién estacionado. Destinaban algunos momentos del día a explorar nuevos lugares en busca de alimento o de un mullido lecho donde descansar, aunque siempre, en algún momento del día volvían a aquellos rincones donde habían establecido su hogar.


No estaba tan mal vivir en aquel pueblo rodeados de naturaleza, con la tranquilidad del puntual transito de automóviles o personas por sus calles. Habían aprendido las leyes de supervivencia de la naturaleza.

Formaban parte de la vida de aquel pueblo, aunque nadie se dirigiera a ellos por ningún nombre y aunque sólo en puntuales ocasiones alguien les ofreciera comida.

Es difícil acordarse de ellos cuando no existe un nombre para identificarlos. Quizás nunca nadie se paró a observarlos, ni a tratar de reconocerlos, ni a contar cuantos eran, ni a buscar un nombre con que poderlos identificar. Es tarde ya hacerlo ahora, al observar con detenimiento sus cuerpos inertes. Ni siquiera conocemos su sexo. Si ese cuerpo pertenece a una hembra o a un macho. Blanco, gris, pardo….ese es el color del pelaje de aquellos cuyos cuerpos sin vida que han sido encontrados. Tampoco se puede saber que edad tenían, aunque por su tamaño todo hace pensar que eran jóvenes.

Es posible que las personas que en algún momento repararon de su presencia, los echen de menos y noten su ausencia en las calles. Muy probablemente otros se alegrarán por ello. Sin lugar a dudas, el depravado que los envenenó se regocijará de su hazaña y en ningún momento su conciencia le dirá que aquello que hizo estuvo muy mal.

Pero sin lugar a dudas ya hay un ser que los echa de menos. Esa Golden retriever de casi dos años de edad a la que le gustaba ir corriendo y saltar sobre el lugar donde comían para asustarlos, como parte de un juego como parte de su carácter de cachorra juguetona que aún conserva. Ella ya los echa de menos. Acude al lugar de reunión como cada día, como parte de una rutina, pero ya no queda ningún felino con el que jugar a asustarlo.

Paradójicamente, esta perra traviesa y juguetona con nombre, con un hogar y con una persona que la cuida y la protege, ha sido la que ha ido encontrando sus cuerpos. Los cuerpos inertes de aquellos felinos a los que asustaba y que si hubieran tenido vida hubieran salido corriendo al sentir su presencia. Pero ya no pueden correr. Ya no perciben su presencia.


Esa perra se ha quedado sin compañeros de juego, sin esos felinos a los que asustar. Pero si la están viendo desde algún lugar, tal vez en estos momentos le estén agradecidos. Ella encontró sus cuerpos y gracias a ella se ha podido denunciar el salvaje final que han tenido estos felinos.

Gracias a ella en estos momentos, esos felinos sin nombre están siendo recordados. Tal vez la misión de esta perrita haya sido esta: la de ayudar a recordarlos, la de contribuir a luchar contra la muerte indiscriminada de los felinos sin nombre, y que a partir de ahora, crezca la esperanza de que los que vengan después puedan correr mejor suerte que la que han tenido algunos de ellos como blanquita, gris y pardo.

Ojala allí donde estéis tengáis una vida mejor que la que tuvisteis en el mundo terrenal.



Olga Fuentes - "La Otra Información"
Descargar en PDFPDF



Retrocede