Permitan que me confiese..

 

Permitan que me confiese: He conocido a bastantes tipos que no tenían nada dentro, que eran sólo cáscara. Pero me acuerdo especialmente de uno que tenía unas gafas de oro, un máster que papá le había pagado y un importante cargo cuyo cometido consistía en decir siempre que no. La vida le había dado además unos hijos cuyo sentido del amor les impulsaba a pedirle cada año el regalo de un cachorrito. Supongo que la razón era sencilla: no hubieran podido soportar sin compañía la mirada glacial del padre.

Le pedían siempre un cachorrito y él se lo regalaba, pero al cabo de unos meses, cuando el pobre animal había cometido el error de crecer un poco, lo hacía desaparecer. "Se ha extraviado", les contaba a los atónito hijos. "Hago que se extravíen", me contaba a mí con expresión de robot.

Creo que pocas veces he sentido tanto asco, o quizá tanta pena, ante su mirada de mercurio, su Perritocáscara vacía y su fachada ambulante. Creo que pocas veces me he esforzado tanto en tratar de hacer comprender a alguien que la adopción de un animal -que además destina su vida a amar- es una decisión responsable. Que los animales ya nos dan su carne, su piel, su pelo, su esfuerzo, su sangre, su amor y su compañía, y no hay razón para que encima nos den su sufrimiento. Nosotros, a cambio, ¿no les podemos dar al menos un poco de responsabilidad humana? Me temo que fracasé, y tuve que recordar muchas veces la frase de Víctor Hugo: "Se puede conmover a un corazón de piedra, pero no se puede conmover a un corazón de palo".

Y es que de animales abandonados está hecha parte de las etapas de mi vida. El primero fue "Tom", un callejero al que adoptamos unos niños de la guerra. Los niños tienen todavía en el alma una estrella que nadie debería dejar apagar. Y le dimos a "Tom" hasta lo que no teníamos: el pan que nos faltaba, el amor de las calles y el aullido de las bombas. Cuando las explosiones nos rodeaban, "Tom" se apretaba contra nosotros y nos lamía la cara.

La vida normal, es decir la "civilización", al fin de la guerra, vino en forma de coche-perrera que se lo llevó para siempre. Fueron inútiles todas las gestiones que hicimos para rescatarlo unos chavales llenos de miseria. Luego conocí otro cerca de una playa, al final de un verano. Al final de los veranos, cuando ya se ha jugado bastante con la inocencia de un animal, hay gente que siente que el corazón se le seca: por eso tantos animales vagan entre las casas ya cerradas, buscando el olor del amo -que siempre creen cerca- y aullando a la lejanía de la luna...

F. González - Periodista y Premio Planeta 1984

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