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| Permitan que me confiese: He conocido a
bastantes tipos que no tenían nada dentro, que eran sólo
cáscara. Pero me acuerdo especialmente de uno que tenía
unas gafas de oro, un máster que papá le había pagado
y un importante cargo cuyo cometido consistía en decir siempre
que no. La vida le había dado además unos hijos cuyo sentido
del amor les impulsaba a pedirle cada año el regalo de un cachorrito.
Supongo que la razón era sencilla: no hubieran podido soportar
sin compañía la mirada glacial del padre. Le pedían siempre un cachorrito y él se lo regalaba, pero al cabo de unos meses, cuando el pobre animal había cometido el error de crecer un poco, lo hacía desaparecer. "Se ha extraviado", les contaba a los atónito hijos. "Hago que se extravíen", me contaba a mí con expresión de robot. Creo que pocas veces he sentido tanto asco, o quizá
tanta pena, ante su mirada de mercurio, su Y es que de animales abandonados está hecha parte de las etapas de mi vida. El primero fue "Tom", un callejero al que adoptamos unos niños de la guerra. Los niños tienen todavía en el alma una estrella que nadie debería dejar apagar. Y le dimos a "Tom" hasta lo que no teníamos: el pan que nos faltaba, el amor de las calles y el aullido de las bombas. Cuando las explosiones nos rodeaban, "Tom" se apretaba contra nosotros y nos lamía la cara. La vida normal, es decir la "civilización", al fin de la guerra, vino en forma de coche-perrera que se lo llevó para siempre. Fueron inútiles todas las gestiones que hicimos para rescatarlo unos chavales llenos de miseria. Luego conocí otro cerca de una playa, al final de un verano. Al final de los veranos, cuando ya se ha jugado bastante con la inocencia de un animal, hay gente que siente que el corazón se le seca: por eso tantos animales vagan entre las casas ya cerradas, buscando el olor del amo -que siempre creen cerca- y aullando a la lejanía de la luna... F. González - Periodista y Premio Planeta 1984 |