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Siempre creí que no era de este mundo. Pero, de repente, el reino de los cielos existe y es un sitio al que no podrán llegar las personas deshonestas, homosexuales y demás gente de mal vivir, que diría Carlos III. Quizá se sentaran a la mesa de Jesús de Nazaret, pero como eso pasó hace muchísimos años, lo que está pasando ahora no tiene nada que ver con aquello. Ya iba resultando difícil lo del amor a ciertos niveles en el seno de los católicos, porque para luchar contra el sida lo mejor era no practicar el amor en pareja. Así, de paso, se evitaba esa promiscuidad pecaminosa que suelen tener los seres humanos cuando pasan hambre. Los africanos se convertirían en trovadores medievales y practicarían el amor platónico, que es la mar de sano. Conozco creyentes llenos de compromiso que viven dedicados a amar a los otros. Forman grupos de comunidades cristianas en donde se mueven almas grandes. Son ellos los que cooperan en los lugares más inhóspitos, colocando la educación por encima de la evangelización, la convivencia sobre la teología, la amistad con preferencia a la fe. Han sido proscritos en cuanto pronunciaron la palabra liberación. Por lo visto, donde hay libertad no puede existir religión. Y, claro, con todo esto, el cisma está servido. Lo escuché cierto día de labios de un hombre que admiro: No nos interesa la jerarquía, nosotros vamos por otro camino. A mí los homosexuales no me molestan en absoluto. El hecho de que se casen o no, forma parte de una elección personal que en todos los países debería posibilitarse. Lo contrario resulta inquisitorial. Y los gobiernos están ahí para facilitar la existencia de quienes hasta hoy han sido marginados por el simple hecho de su diferencia. Se me caería la cara de bochorno si en lugar de predicar concordia y piedad, me llamara cristiano tirándole piedras al vecino. Porque el reino de los cielos, recordemos, no es de este mundo. Teresa Núñez (Escritora) - "Metro" |