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| Unos amigos míos, muy atrevidos
ellos, acaban de regresar de Mauritania. Habían decidido atravesar
el país en un todoterreno, pero su aventura estuvo a punto de convertirse
en drama cuando el coche se les estropeó en medio de una pista
desierta, por la que con toda probabilidad no pasaría ningún
otro vehículo en muchos días. Afortunadamente, el asunto
terminó bien: al cabo de un montón de horas de desazón,
racionamiento del agua y atrevidas incursiones por los alrededores, mis
amigos lograron contactar con un maure, uno de los señores de estirpe
árabe dominantes en el país, y, previo pago de un buen fajo
de francos, su problema fue finalmente resuelto. Eso sí: han vuelto
de allí conmocionados, no tanto por la aventura en sí misma,
como por el extraño trato y relación entre el maure y los
negros de la zona donde el señor estaba instalado, verdaderos siervos
entregados a él en cuerpo y alma. ¿O más que siervos...? Mauritania es el último país que abolió la esclavitud. De eso hace tan sólo veinte años. Pero lo cierto es que buena parte de la población aún ignora la existencia de esa ley. Y, de hecho, la mayoría
de los antiguos esclavos siguen siendo esclavos: algunos nunca fueron
liberados (unos 90.000, según la Liga Mauritana de Derechos Humanos)
y otros muchos, alrededor de 300.000, regresaron después de su
liberación a los hogares de sus amos suplicando ser acogidos de
nuevo. Ese comportamiento, aberrante según una óptica racional,
es sin embargo perfectamente comprensible: despojados de su condición
humana desde el nacimiento y carentes de toda ayuda, ¿cómo
habrían podido esos pobres seres aprender a responsabilizarse de
sí mismos...?
Pero Mauritania no es el único país del mundo donde la esclavitud sigue existiendo de forma más o menos solapada. Esa palabra, que suena tan anacrónica y hasta peliculera, es todavía una terrible realidad en el mundo actual: 250 millones de personas son esclavos, según los últimos datos de la ONU. En Sudán, por ejemplo, es posible ver aún caravanas de seres humanos sujetos con argollas. Según el informe que realizó el año pasado Gaspar Biro, enviado por la ONU como Relator Especial para investigar este asunto, esas personas, en su mayor parte mujeres y niños, son secuestradas en sus aldeas por grupos armados apoyados por el gobierno radical islámico -que mantiene una interminable guerra civil contra las guerrillas cristianas- y luego son vendidas como siervos o llevadas al ejército. El ejército... Ése es otro asunto peliagudo: la "Conferencia contra la utilización de niños en las guerras" que se celebró en Berlín en octubre estimó que al menos 300.000 niños menores de 15 años participan en estos momento en conflictos bélicos. La mayor parte han sido secuestrados a sus familias o 'reclutados' entre los niños abandonados o huérfanos de las calles más miserables del planeta y de los campos de refugiados. Drogados o emborrachados por sus jefes, se convierten en auténticos soldados, sin miedo a morir ni a matar. A menudo son utilizados como escudos humanos, lanzándolos por ejemplo a las zonas minadas antes del avance del 'ejército adulto'. ¿Y qué decir de los centenares de miles de mujeres esclavizadas como prostitutas en burdeles del mundo entero? Hace unos meses conocí a una de ellas, Somaly Mam. Esta camboyana fue vendida de niña por su propio padre como esposa de un hombre que, a su vez, la vendió a un prostíbulo... Pero Somaly tuvo suerte: en 1991 fue alejada de su atroz vida por un ciudadano francés que es ahora su marido. Desde entonces, lucha por rescatar a otras mujeres en su misma situación. Su tarea -tan peligrosa que ha tenido que refugiarse en Francia huyendo de su país natal- fue recompensada hace dos años con el premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional. No sé si ese premio habrá servido de verdad para algo. Si alguna esclava sexual habrá podido liberarse gracias a la estatuilla de Miró, a las muchas fotos que se le hicieron a Somaly Mam aquellos días y a las muchas palabras que se escribieron contando su historia y la de tantas otras mujeres como ella. Supongo que no. Como supongo que no servirá de nada este artículo. Los 250 millones de esclavos seguirán siendo esclavos mañana igual que hoy. Pero, cuantos más lo sepamos, más avergonzante será su condición. Y quizá algún día... Ángeles Caso (Periodista) |