|
|
| No sé si en otros, pero en este
país abundan las tertulias radiofónicas, aunque, por lo
general, tengan más de disputa tabernaria que de sosegado debate
en torno a una taza de café. Unas veces me entretienen, otras me
ilustran y no pocas me hacen sentir vergüenza ajena, pero, en fin,
las escucho asiduamente. Mala educación al margen, los tertulianos
hacen alarde de conocimientos en temas políticos y se mueven con
impresionante seguridad dialéctica en el terreno de lo social.
Tan rotundos son sus asertos, que, oyéndoles, uno piensa si no
sería mejor para todos ellos que dirigieran la nación. Sin
embargo, cuando se refieren con idéntico aplomo a cuestiones de
las que algo entiendo, descubro que, con frecuencia, no tienen ni puñetera
idea de qué están diciendo, lo que, para mi desconsuelo,
me lleva a desconfiar del resto de sus opiniones. Hace varios meses, cuando el tema de los hielos caídos acaparaba titulares en la prensa, uno de ellos -de los contertulios, no de los hielos- lo redujo enfáticamente a la categoría de simple broma y, de paso que elogiaba el ingenio de los españoles para inventarse bulos, que son ya ganas de elogiar,
lo comparó con "las caras de Bélmez", ejemplo
paradigmático, según él, de cómo un camelo
bien urdido puede confundir durante meses a la opinión pública.
No es mi intención defender las teleplastias de María, que
se defienden solas; mi intención es que el lector reflexione. ¿Sobre
qué?, se preguntará él. Pues, de una parte, sobre
las inmensas tragaderas del ciudadano medio, dispuesto siempre a deglutir
sin masticar previamente las explicaciones "sensatas" que desde
los medios de comunicación se dan a los sucesos de carácter
extraordinario, sin importarle que, pese a su pretendida racionalidad,
tales explicaciones sean tan absurdas o tan pueriles que ofenden a la
razón misma. De otra, sobre quién, cuándo y cómo
decide que ese suceso extraordinario debe ser encajado, aunque sea a martillazos,
dentro de lo ordinario. Y, aún de otra parte más, sobre
lo que mueve a redactores, divulgadores científicos o alternativos
radicales a pergeñar y difundir tan infumables explicaciones sin
rubor alguno.
Que la gente siente aversión a cualquier hecho que escape de su entendimiento, resulta más que evidente a estas alturas de la Historia. También es verdad que entender, lo que se dice entender, entiende poco, pero para eso están los científicos, en quien delega confiada y gustosamente tal responsabilidad. Por ende, descubrir que nuestra totemizada Ciencia carece de conocimiento sobre muchas y trascendentes cosas, les angustia tanto como cuando, todavía niños, descubrimos que nuestro padre no es omnisciente. En el fondo, a la mayoría les da miedo hacerse adultos y, antes de enfrentarse a lo desconocido, prefieren seguir creyendo que su padre es Superman y que a los niños los trae la cigüeña. Mal está, pero está aún peor que, por no perder su ascendiente, numerosos científicos se hagan cómplices de esta impostura. Y es que, en contra de lo que la mayoría cree, la inteligencia nada tiene que ver con la madurez: se puede ser un lumbrera en Biología o en Astrofísica y tonto de las posaderas en otros aspectos de los psíquico. Fernando Jiménez del Oso - "Enigmas" |