|
|
|
La joven, sin pretenderlo, ha alcanzado el status de "chica de portada", porque lo ha sido en muchos periódicos del mundo, aunque por motivos más siniestros que frívolos. En el diario que me llega cada mañana a casa, el director, en un insólito rapto de buen gusto, había elegido una fotografía en la que sólo se la veía de medio cuerpo para arriba: de medio cuerpo para abajo no debía haber nada, si acaso, un amasijo de vísceras sanguinolentas. Así, como estaba, tumbada en el suelo y aparentemente entera, podría pensarse que estaba dormida o muerta sin más, porque su cara, ciertamente hermosa, reflejaba placidez; sin embargo, junto a otra correligionaria, acababa de hacer estallar la carga explosiva que llevaba en la cintura, su "cinturón de mártir", llevándose por delante a trece personas y dejando mutiladas a varias más. Fue el 5 de julio, por lo que, salvo las víctimas y familiares, ya nadie se acuerda de esa monstruosidad, lo mismo que de la cometida el día antes en una mezquita de Quetta, Pakistán, con un saldo mortal de cuarenta y ocho personas y tres terroristas -la distinción es intencionada-. En el panorama mundial, son noticias de un día, a lo sumo de una semana; estamos ya tan acostumbrados... Miraba la foto de la portada, miraba a la chica, y lo que me venía a la mente era: "¡que imbécil!". No sentí pena ni horror, sentí asco y desprecio. Por cosas así es por lo que de vez en cuando me autoexilio; por huir de mi especie y de mi mismo, capaz de sentimientos tan poco piadosos. Medianamente conocedor, por edad y profesión, del género humano, ya no hago el menor esfuerzo para entender actos de esta naturaleza. Detrás de ellos, como detrás de cualquier comportamiento, hay una larga cadena de circunstancias individuales, sociales y familiares que, analizadas con detalle, permitirían comprender el camino seguido hasta concluir en esa acción abominable, pero me niego a entender. Y me niego porque me da la gana. Entender o comprender, son verbos que parecen incluir una cierta dosis de disculpa, una sombra de justificación, como si la persona objeto de esa consideración fuese una víctima del destino, alguien al que la vida ha conducido sin remedio a ese acto. El ser humano tiene capacidad de discernimiento y, salvo enfermedad mental, es responsable de sus actos. Esa chica de la foto no era imbécil en el sentido auténtico de la palabra, que eso la habría eximido de cualquier responsabilidad; era imbécil en el sentido que vulgarmente damos a ese término, el que define a alguien que, pudiendo ejercer la lógica, el raciocinio, el sentido común... prescinde de tan nobles atributos y se deja llevar por la irracionalidad para cometer una estupidez. Hay matices, y todos actuamos con algún grado de imbecilidad en muchos momentos, pero la de esa muchacha, como la de todos los terroristas convencidos de que su causa es santa e irán al cielo, es la imbecilidad supina, la que, por su dimensión y consecuencias, asombra tanto como repugna. Hay otros, pero la referencia está hoy en el terrorismo islámico, promovido por imanes viles y fanáticos, por líderes políticos que con una pequeña parte de su enorme fortuna privada llenarían su país de escuelas y hospitales, consentido, cuando no propiciado, por reyes de opereta oriental, presidentes de naciones poderosas y consejeros de grandes multinacionales... Ninguno de ellos se autoinmolará llevándose por delante a decenas de inocentes; para eso están los imbéciles. Fernando Jiménez del Oso - "Enigmas" |