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"Un viaje de mil millas empieza
con un paso" *************************************** El temor a la maldición de los faraones no ha evitado que cientos de miles de piezas egipcias hayan abandonado el país del Nilo desde el siglo XIX. La gran mayoría lo ha hecho legalmente. Sin embargo, existe un pequeño porcentaje que aún sigue reclamando justicia y la vuelta definitiva a la tierra que nunca debió abandonar. Como mucha gente sabe, todo el tesoro de la tumba de Tutankhamón, descubierto en noviembre de 1922 en su tumba del Valle de los Reyes de Luxor; se encuentra en el Museo de El Cairo. Bueno, realmente habría que decir "casi todo". En diferentes museos del mundo existe casi medio centenar de piezas que seguramente habría que añadir a la lista de las más de 10.000 halladas en la tumba. Al menos la documentación conservada en estos museos así parece indicarlo. En 1978, Thomas Hoving, comisario de la exposición dedicada a Tutankhamón que durante la década de los 60 recorrió varias ciudades estadounidenses, fue el primero en denunciarlo. En su libro, Tutankhamón. La historia no contada, Hoving no hacía mención a la manida maldición del faraón, algo que pudo experimentar en sus propias carnes con los innumerables problemas, especialmente técnicos, que se vivieron durante la gira americana. El egiptólogo del Metropolitan de Nueva York fue más allá denunciando el saqueo, de casi medio centenar de piezas, al que se sometió la tumba del faraón niño.
El Museo de Brooklyn (Nueva York) alberga una figura femenina de marfil sustentada por una base de fayenza; un gran collar del mismo material; una cucharilla de marfil para ungüentos y un vasito de cristal azul. El Museo de Arte de Cleveland (Ohio) cuenta con un amuleto de un gato de hematita oscura. La Galería de Arte William Rockhill Nelson, en Kansas City, conserva varios fragmentos de oro de uno de los collares del rey niño. Ya en Europa, el Museo de Louvre, en París (Francia), cuenta con un ushebti de fayenza blanco y una máscara de madera que, por similitud tipológica, recientemente se ha identificado con la tumba de Tutankhamón. En la historia de la egiptología la desaparición de piezas cuenta con momentos excepcionales. Incluso presidentes modernos de Egipto han utilizado a su antojo el patrimonio del país. El admirado Anuar el Sadat gustaba de mandar abrir las vitrinas del Museo de El Cairo para agasajar a sus invitados con alguna pieza escogida. Por este medio desapareció uno de los bastones de Tutankhamón para ir, quién sabe, si a la buhardilla de su amigo Jimmy Carter o a la del antiguo primer ministro israelí Menajem Beguin, con quien Sadat compartió Premio Nobel de la Paz en 1978. ||ROMA EMPEZÓ EL SAQUEO|| No obstante, la historia del expolio arqueológico de Egipto es tan antigua como la propia civilización faraónica. A mediados del siglo I a.C., Roma alcanza las costas de Alejandría. Lo que allí se encuentra le llena de asombro y admiración. En sus últimos coletazos, la cultura faraónica mostraba un semblante glorioso, magnífico. A los ojos de los romanos llamaron la atención sus estatuas colosales, antiguos reyes con portes soberbios, ostentosos templos con salas de inabarcables columnas y, sobre todo, sus obeliscos. En un vano intento de hacer acopio de esa grandiosidad, Roma saqueó trece obeliscos de diferentes puntos de Egipto, llevándolos hasta la capital de su imperio en la península Itálica. En la plaza Laterana de Roma, frente a
la iglesia de San Juan de Letrán, se yergue una No menos complicado fue el traslado del obelisco de la plaza del Popolo. Con 25´37 metros y 230 toneladas, fue construido por Seti I (1300 a.C.) y su hijo Ramsés II. Cuando la ingeniería romana colocó esas agujas de piedra en la capital de su imperio hace 2.000 años, los egipcios arrastraban una tradición 1.500 años más antigua. Sin poleas, ni máquinas para levantar grandes bloques, los habitantes del Nilo fueron capaces de erigir obeliscos de más de 1.000 toneladas haciendo gala de una técnica, hoy por hoy, desconocida por la arqueología. ||AGUJAS DE PIEDRA|| Pero el robo de obeliscos no cesó con el final del Imperio romano. La fascinación por estas misteriosas agujas de piedra y su olvidado simbolismo, recuperado por multitud de sociedades secretas modernas, hizo renacer el interés por ellas.
Circunstancias similares rodearon al traslado en 1878 de la Aguja de Cleopatra hasta Londres. Guardado en un contenedor metálico recubierto por el casco de un barco, las doscientas toneladas de granito rosa fueron remolcadas por un vapor hasta el Reino Unido. ¿Por qué este deseo de hacerse con viejos monolitos de piedra de tradición egipcia? La masonería y otras sociedades secretas han estado en el ojo del huracán desde un primer momento. En 1998 el presidente de Egipto, Hosni Mubarak, asistió junto al ministro de Cultura, Farouk Hosni, y el por entonces director de las antigüedades egipcias, Alí Gaballah, a una ceremonia en París donde, por razones desconocidas, se destapó un piramidión dorado (una pequeña pirámide) en el vértice del obelisco de la Concordia. Este acto, posiblemente de corte masónico, fue relacionado con el que al año siguiente se quiso llevar a cabo en la meseta de Giza. Para la noche del 31 de diciembre de 1999, estaba previsto que un helicóptero volara sobre el vértice de la Gran Pirámide para colocar allí un piramidión dorado. La oposición popular de Egipto, que acusó a los organizadores de descarada propaganda sionista y masónica, echó apara atrás a las autoridades que, finalmente, cancelaron el momento del helicóptero para dar la bienvenida del nuevo año. ||LA AUTODESTRUCCIÓN DE EGIPTO|| Desde la decadencia romana, hace unos 2.000 años, hasta que Napoleón Bonaparte llega en el verano de 1798, el patrimonio arqueológico solamente se ve esquilmado por la destrucción a la que le someten los propios egipcios. El empleo de la piedra de los antiguos templos en fábricas de cal o su reutilización en monumentos de las grandes ciudades, era la norma común desde la Edad Media. La tradición cuenta que la mezquita
de Ahmed Ibn Tulún, la más grande de todo El Cairo,
fue construida en el siglo IX Sin embargo, no fue hasta la llegada de Napoleón cuando la cultura y el arte egipcios empezaron a ser vistos con otros ojos por los occidentales. Los científicos que acompañaron al emperador francés dispersaron por el resto de Europa la fastuosidad de su arqueología. Es en esta época cuando empiezan a nacer las primeras grandes colecciones en el Viejo continente. El Museo Británico, vencedor de la guerra colonial ante los franceses, se apodera de los grandes tesoros que éstos pensaban llevarse a París. Ésta es la razón de que la piedra de Roseta y otros miles de tesoros egipcios estén hoy en Londres y no en París. Siempre con el beneplácito de las autoridades locales, diferentes exploradores consiguieron sacar de Egipto piezas de gran valor arqueológico para nutrir las crecientes colecciones europeas. Uno de los principales artífices de esta época fue el italiano Giovanni Battista Belzoni. De sus ingeniosas máquinas para mover bloques de piedra salieron piezas de Luxor como el coloso de Ramsés II de quince toneladas que hoy se conserva en una de las salas principales del Museo Británico de Londres. En 1816, ayudado de catorce barras, ocho de las cuales se emplearon en hacer una especie de andas para transportar el busto, más cuatro ruedas hechas de hoja de palmera y cuatro rodillos, sin ningún otro instrumento, Belzoni fue capaz de mover el coloso, embarcarlo hasta Alejandría y llevarlo después a Inglaterra. De la mano del cónsul francés Bernardino Drovetti o del inglés Henry Salt en el primer tercio del XIX, Egipto vendió cientos de miles de piezas de su patrimonio, muchas de ellas de gran valor y de cuyas operaciones comerciales hoy se conserva toda la documentación legal. ||SAQUEOS Y RITUALES|| La supuesta utilización de estas piezas fuera del país en rituales pseudoegipcios va más allá de las ceremonias alrededor de los obeliscos. Muchos investigadores han llamado la atención sobre la colocación y finalidad que se ha dado a algunas de estas piezas arqueológicas en Europa y Estados Unidos. Incluso, en más de una ocasión, me han pedido personalmente el favor de traer de Egipto reproducciones de figuras, sobre todo de divinidades femeninas, para "adornar" altarcillos domésticos. No es extraño. La tradición egipciante de los dos últimos siglos ha servido de acicate para sacar a la luz experiencias de personas sensitivas que manifiestan tener cierto vínculo afectivo con el Egipto faraónico. Esto es lo que Dorothy Louis Eady, más conocida como Omm Seti, afirmó después de visitar por primera vez las salas egipcias del Museo Británico. Siendo una niña, se arrodilló entre lágrimas ante las esfinges de sus "antepasados". De esta manera, consiguió responder a una serie de preguntas interiores que en los últimos meses la habían atormentado después de sufrir un accidente en casa. Otros ejemplos los encontramos en los numerosos seguidores de la diosa leona Sekhmet, que ven en sus estatuas conservadas en diferentes museos europeos o americanos, el antiguo legado de una cultura milenaria basada en los ritos de la Madre Tierra. Es el caso de las ceremonias celebradas en el templo que Sekhmet tiene en Nevada (Estados Unidos). Allí, en Cactus Spring, desde 1993 la sensitiva Genevieve Vaughn realiza ritos pseudoegipciantes. Sus seguidores frecuentan los grandes museos de Europa y Estados Unidos como el Británico de Londres, el de Turín o el Metropolitan de Nueva York en donde se exhiben magníficas estatuas de esta diosa con cabeza de leona procedentes todas ellas del hoy destruido templo de Mut en Karnak (Luxor). ||FRENO AL DESFALCO|| Toda esta afrenta arqueológica comenzó a frenarse gracias al trabajo de Auguste Mariette. Descubridor del Serapeum de Sakkara. Mariette fue en 1858 el primer director del Servicio de Antigüedades, hoy Consejo Superior para las Antigüedades de Egipto. Gracias a su trabajo, el saqueo y venta de piezas arqueológicas a extranjeros se redujo considerablemente. Se desarrolló un plan de trabajo para sistematizar las excavaciones y junto a su sucesor, Gaston Maspero, ya en los primeros años del siglo XX, se crearon museos y almacenes para estudiar y conservar las piezas descubiertas. Nada tiene que ver con estas transacciones ilegales la presencia, en países como España, de templos enteros trasladados desde Egipto. Es el caso del madrileño templo de Debod, donado al ayuntamiento de la capital en reconocimiento a la ayuda prestada por España al salvamentos de los templos egipcios de Nubia a finales de la década de 1960.
No obstante, la trama sigue existiendo en una escala importante. En junio de 2004, los medios de comunicación lanzaron la noticia del robo de varias joyas procedentes del tesoro de Tutankhamón. La alarma se apaciguó pronto, aunque no contentó a nadie. Lo que había desaparecido era un grupo de 28 joyas de época romana halladas en 1905 y que estaban catalogadas en la sección de joyería del museo, en el mismo apartado en el que se encontraban las de Tutankhamón. De ahí el error. No obstante, su desaparición no era un mal menor. La noticia de la supuesta desaparición de estos objetos de Tutankhamón coincidía con la exposición que en aquellas fechas se celebraba en Basilea (Suiza) con piezas auténticas del tesoro. Hoy, la muestra se puede ver en Alemania y en un futuro viajará a varias ciudades de Estados Unidos. El tesoro no salía del museo cairota desde que finalizó la gira realizada por todo el mundo entre 1961 y 1981. En aquellas fechas el transporte de las piezas de Tutankhamón, como afirmó Thomas Hoving, estuvo rodeado de numerosos incidentes. Algunos de ellos resultaron en ocasiones trágicos. Por ello, no tardaron en relacionarse con la maldición del faraón niño. La exposición actual, en la que no están presentes las grandes piezas como la máscara o los ataúdes de oro, no ha contado, que se sepa, con este tipo de contratiempos inesperados. Cualquier pieza arqueológica procedente de Egipto sigue adquiriendo ese halo de fascinación y de misterio que nos habla de una posible maldición para con aquel que ose robar el tesoro de un antiguo egipcio. Y, a pesar de ello, seguimos saqueando sus tumbas y templos. Nacho Ares - Más Allá Nº 192 |