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Abrí los ojos y vi tu rostro. Aquella imagen en blanco y negro transformó mis recién estrenados once años, a los que a partir de esos instantes aportaste color: el ocre de las arenas del desierto de Nazca; el verde de la selva de Palenque; el azul del cielo de Machu Pichu; el rojo de las aguas del río Indo; el amarillo intenso de las ruinas de Mohenjo Daro; el blanco más puro de tu bondad... Y empecé a soñar; y sigo soñando, porque los últimos diez años junto a ti han sido precisamente eso: el sueño de un muchacho que cada vez que se despertaba veía tu fotografía pegada al techo; el mismo chaval que orgulloso mostraba la dedicatoria que le "habías hecho"; ése que cada vez que tenía un examen colocaba tu imagen sobre el pupitre. No siempre funcionó, pero al menos me dabas la serenidad que transmitías en todo momento.
Sabes que no soy fetichista, pero el cariño que me has dado en todo momento, en los buenos y en los no tan buenos, es el mayor regalo que me has podido hacer. Y me quedo con ello, sabiendo que tras atravesar la puerta del misterio, llevas contigo el mismo que yo te he profesado. Limpio, de verdad, pues en nuestra amistad jamás ha habido intereses; se confirmaba sola día tras día. Y ahora me dejas, después de una década juntos, al mando de esta nave de sueños e ilusión. Y recojo el testigo en la peor situación que puede hacerlo un profesional: con la muerte de un jefe; con la falta de un gran amigo; con el adiós a mi querido Fernando, aquel que ha educado el espíritu desbocado de un muchacho que se quería comer el mundo... Pero ese ha sido tu deseo, y lo hago con inmenso orgullo. Sabes que "tus chicos" -como siempre nos llamas-, intentaremos estar a la altura; más bien a tu altura, pues como te he dicho, con tu recuerdo vivo en esta aventura de papel, siempre permanecerás a nuestro lado. Hoy he abierto los ojos... y te he vuelto a ver. Lorenzo Fernández Bueno - "Enigmas" |