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Dios en el laboratorio

"El hombre encuentra a Dios detrás de cada puerta que la ciencia logra abrir"
-Albert Einstein (1879-1955); físico y matemático-

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Los mayores descubrimientos de la ciencia moderna no son el fruto de un proceso racional, sino que fueron revelados a través de sueños, estados visionarios repentinos y "coincidencias asombrosas". ¿Cómo funciona la mente? ¿Qué o quién dirige la evolución de la Humanidad emitiendo esos misteriosos mensajes que los investigadores captan en el momento oportuno para activar un salto cualitativo del conocimiento e impulsar el progreso? Muy pocos han explorado este enigma con un espíritu abierto.

En 1890 tuvo lugar una importante reunión de la comunidad científica europea en el City Hall de Berlín. No era para menos: se celebraba el XXV aniversario del descubrimiento de la fórmula estructural del benceno por parte de Friederich A. Kekulé, un hallazgo que había dado un enorme impulso a la industria del colorante sintético y al florecimiento de la química orgánica. El desarrollo de nuevos fármacos, como la sulfamida y la aspirina, productos industriales como la gasolina de alto octanaje, los detergentes sintéticos, los plásticos y tejidos como el dracón, son algunos de los frutos de la química fundada sobre esta fórmula del benceno. Pero lo realmente curioso de este caso es que el mismo Kekulé declaró que dicha fórmula, como la tetravalencia del carbono que él mismo había establecido anteriormente, le fueron revelados en dos sueños.

KekuléEl primero tuvo lugar en un autobús londinense cuando se quedó adormilado y consistió, según sus propias palabras, en una "visualización" de las valencias y la estructura de los átomos. Éstos "juguetearon" ante sus ojos, uniéndose en pares, tríos y cuartetos según su tamaño, sugiriéndole así su teoría estructural. En 1865, estaba en su estudio de la ciudad belga de Gante cuando repentinamente sintió deseos de dormir. Se volvió entonces hacia el fuego del hogar y cayó en un estado de duermevela.

En esta ocasión, los mismos átomos juguetones del primer sueño empezaron a formar serpientes. De pronto, una de ellas emergió en primer plano llamando su atención. "Se mordió su propia cola y giró dando vueltas con sorna ante mis ojos. Como por iluminación, me desperté", relató el mismo Kekulé. La serpiente le había revelado la forma en que se disponían los átomos del benceno. Pero Kekulé fue más allá en la descripción del fenómeno y añadió: "Mi visión mental se ha hecho más aguda por las reiteradas experiencias de este tipo". Y en el discurso que pronunció en la mencionada celebración de este gran logro científico en Berlín, se atrevió a afirmar ante sus colegas: "Aprendamos a soñar, caballeros, entonces quizás encontraremos la verdad".

||CIENCIA Y TRADICIÓN||

Es curioso observar que la serpiente de su sueño se corresponde con la imagen del ouroboros gnóstico -la serpiente que se muerde la cola y es símbolo del carácter cíclico del Universo desde la antigüedad- y que, además, lo hizo siguiendo una disposición que evocaba la geometría sagrada del hexagrama, dado que el ciclo del carbono también es una de las claves fundamentales de la materia orgánica y la vida. También llama la atención que el fuego del hogar sea una forma clásica del "espejo mágico" -como la bola de cristal o cualquier punto reflectante en un entorno sombrío-, puesto que, en esta situación, el químico asumió sin pretenderlo la actitud que requiere una antigua técnica de iluminación, como se ve en Los misterios de los egipcios de Jamblico (siglo IV d.C.). Ésta consiste en dejar la mente en blanco y quedarse mirando fijamente un punto luminoso en una habitación oscura. Kekulé declaró que su estudio de Gante disponía de muy poca luz por la tarde y que él se quedó traspuesto al anochecer, mientras contemplaba el fuego. Más aún: la visión que tuvo surgió, según describió, de esas llamas. No hay duda de que si Kekulé hubiese conocido que la serpiente es el gran símbolo de la iluminación en la Gnosis universal no habría dudado en calificar su descubrimiento como una revelación. De hecho, así describió su estado: "Como por iluminación, me desperté".

No fue el suyo un caso excepcional, incluso si nos limitamos a los hallazgos científicos más importantes del siglo XX. En 1921, el fisiólogo Otto Loewi descubrió la transmisión de los impulsos nerviosos por vía hormonal. Según documentaron sus colegas U. Weiss y R.A. Brown en el Journal of Chemical Education (1987), Loewi soñó dos veces con este hallazgo, que le valió el Premio Nobel de Medicina en 1936. En su caso, lo llamativo es que la primera vez despertó y pensó en realizar el experimento soñado al día siguiente, pero volvió a dormirse y por la mañana ya no lo recordaba. Entonces, se sintió repentinamente cansado y decidió reposar un poco antes de iniciar su jornada. De nuevo se durmió y volvió a verse efectuando el mismo experimento. Al despertar del sueño sólo tuvo que dirigirse a su laboratorio y repetirlo.

Ante este hecho tan extraño es inevitable pensar que la fuente de la cual surgió este conocimiento estaba empeñada en que Loewi hiciera su descubrimiento. Primero le hizo llegar el mensaje y luego -cuando lo olvidó- dispuso su mente para repetirlo. En el artículo citado, Weiss y Brown concluyen: "La historia del descubrimiento de Loewi prueba de forma definitiva que las ideas altamente significativas para la investigación científica pueden aparecer durante el sueño, como Kekulé ha relatado"... Pero, ¿no es acaso tambiéneste el vehículo clásico del que se vale el Dios judío desde Jacob para hacer llegar sus mensajes a su "pueblo elegido""?

||LA GUÍA DEL "SEÑOR AZAR"||

Aparte de estos extraños sueños y estados de conciencia reveladores, también lo que llamamos "azar" ha jugado un papel nada desdeñable en los hallazgos científicos. Alfred Nobel, por ejemplo, descubrió la gelatina explosiva por haberse cortado accidentalmente el dedo con un cristal en el laboratorio. Como era frecuente en sus días, aplicó colodión -una solución viscosa de nitrato de celulosa, éter y alcohol- sobre la herida. Incapaz de dormir por el dolor del dedo, se puso a pensar en el colodión, lo que le condujo a la idea de combinar la celulosa nitrada de éste con la nitroglicerina para producir un explosivo más potente y tan seguro como la dinamita. El accidente le dio la solución a un problema que intentaba resolver desde hacía tiempo y esa misma noche bajó a su laboratorio y se aplicó a confirmarlo. Pero lo extraño del caso es que Nobel no fue ni siquiera el primero que hizo un hallazgo científico importante por herirse accidentalmente un dedo y aplicarse colodión. En 1863, John Wesley Hyatt también se cortó el dedo en el laboratorio y fue al armario donde guardaba el colodión. El frasco se había volcado "accidentalmente", derramando su contenido. Como los disolventes eran muy volátiles, se habían evaporado y sólo quedó la capa viscosa de nitrato de celulosa. Al tocarla, el investigador se dio cuenta de que aquella sustancia podía unir mejor que la cola la mezcla de serrín y papel con la que, en ese momento, buscaba fabricar bolas de billar alternativas a las de marfil. Además de los elefantes, todos nos beneficiamos de este feliz "accidente" revelador, porque Wesley acababa de descubrir algo mucho más importante de lo que el mismo creía: el celuloide.

La película Serendipity ha divulgado el término adoptado para designar este fenómeno. En su magnifico libro Serendipia: descubrimiento accidentales en ciencia (Alianza Editorial), Royston M Roberts examina decenas de casos análogos, en los cuales el "señor Azar" activó la "casualidad" precisa en el momento exacto y con la persona más adecuada. Curioso, ¿verdad? Al mismo mecanismo debemos hallazgos tan cruciales como los Rayos X; el rayón -"la seda artificial", que curiosamente también nació del accidente de un frasco de colodión derramado en el armario de un laboratorio-; la penicilina y los antibióticos: la síntesis de gran cantidad de hidrocarburos; el LSD; la luna de Plutón; el fondo uniforme de radiación cósmica; el nylon; y muchos otros, sin los cuales el siglo dorado de la ciencia y la tecnología se habría quedado sin muchos descubrimiento importantes, empezando por la Relatividad que, según el mismo Einstein, también nació de una visión repentina que tuvo mientras viajaba en un tranvía. En ninguno de estos casos el hallazgo surgió como una consecuencia lógica derivada de un discurso racional, ni en el marco de un proceso hipotético -deductivo de reflexión, sino en un momento inesperado y cuando la mente no estaba ocupándose del tema. Todos siguen el mismo modelo que observamos en el célebre descubrimiento de Arquímedes, a quien la alteración del nivel del agua al introducir su cuerpo en un baño público le reveló la ley de la hidroestática, más conocida como "principio de Arquímedes".

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