Drácula

 

"Soy Drácula, y le doy la bienvenida a mi casa. Entre; el aire de la noche es frío, y necesitará comer y descansar. Puede ir a cualquier parte del castillo que desee, salvo donde las puertas están cerradas con llave, lugares en los que, naturalmente, no deseará entrar. Existe una razón para que todas las cosas estén como están, y si usted víese con mis ojos y conocíese con mi conocimiento, quizá lo entendería mejor...".

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Según ciertas creencias eslavas, la más terrible maldición que jamás afligió al mundo es la del vampiro, que se alimenta con sangre humana fresca. El temor al vampiro, al demonio que mina la vida de los seres vivientes privándoles de la sangre para aumentar su propia vitalidad, es antiguo y casi universal. Está documentado en China, India, Escandinavia, Centroamérica, Polinesia y, especialmente, en los países balcánicos, pero fue en Rumania, donde nació, por obra de la literatura, la más atrayente encarnación del diablo sediento de sangre humana: Drácula, el vampiro culto y seductor que habitaba en un castillo en el desfiladero del Borgo, al pie de los Cárpatos, en Transilvania.

Cien años después de la novela, Transilvania sigue siendo, como suponía Stoker, una región agreste y casi desconocida. Son pocos los turistas que se adentran en este país de suaves montañas y estrechos valles, poblados por grandes masas de pinos y abetos donde aún aullan los lobos y se teme la presencia de los osos, que bajan en ocasiones a los caseríos para buscar alimento en la basura. El reloj se paró hace un siglo, si no más, y los caminos que comunican Castillo de TransilvaniaTransilvania con Bucovina no saben de tractores. Los carros viajan colmados de heno y arrastrados por el paso lento y perezoso de los bueyes. Algunas bicicletas antediluvianas apuran a buen ritmo los tramos rectos de la llanada mientras que la mayoría confía en sus piernas para andar y desandar los caminos, invisibles a esas horas en que las nubes tocan la tierra y la sumergen en la niebla. El sacerdote ortodoxo, el pope, de Prunau Bargaului, la Vega del Borgo, una de las diminutas aldeas que jalonan el desfiladero, cree que ni la guerra mundial, ni Ceaucescu ni la revolución de 1989 han dejado su huella en Transilvania. La vida sigue girando en torno al campo, los derechos sobre las tierras son los mismos que regían hace un siglo y la economía se mueve como siempre, por mecanismos de trueque: tú me das parte de tu cosecha y yo te construyo la casa; yo te doy mi fruta y tú me das tu pan. Los asalariados, que son pocos, cobran unas 6.000 pesetas de sueldo medio al mes y se preguntan en qué consiste el capitalismo.

||MIEDO A LOS NO MUERTOS||

Hablamos de tradiciones. No hay ajos en las paredes de las casas, ni estacas afiladas de madera dispuestas para la defensa. Ni rastro de los famosos vampiros. Otra cosa son los no muertos, para quienes existe una palabra en rumano: strigoi. Los inviernos son largos y duros, empiezan en noviembre y alcanzan hasta marzo. Durante todo este tiempo la nieve cubre el paso, aísla las aldeas y obliga a las gentes a permanecer en casa, a cubierto de los efectos de las temperaturas que, a veces, descienden hasta treinta grados bajo cero. La nieve, los inviernos prolongados y el aislamiento explican, según el pope, la costumbre trasilvana de enterrar a los muertos en el jardín o en el huerto de la propia casa. También interviene la pobreza: son muchos los que se procuran en vida su propio ataúd para asegurarse de que, llegado el momento, tendrán la tierra y la madera para descansar en paz.

La fiesta mayor en Transilvania celebra el descenso del Espíritu Santo, cincuenta días después de la Pascua, y tiene lugar en los cementerios. El pope encabeza una magna procesión, que parte de la iglesia al camposanto y encuentra en su camino la ofrenda de los vecinos, que engalanan puertas de haya y piden la bendición del sacerdote para sus iconos. En el cementerio se honra la memoria de los difuntos, colectivamente. Es un día señalado cuya animación ha contribuido, según el pope, a que los vecinos hagan lo posible por enterrar sus difuntos en los cementerios, con lo que, de paso, reducen el miedo a los strigoi, a los no muertos, al alejar los cadáveres de la proximidad de las casas. El hotel Castillo de Drácula se encuentra cerca de unas tumbas aisladas, en las que no parecen reparar los turistas. El hotel fue construido en los últimos años de Ceaucescu, cuando el régimen comenzó a tolerar y aceptar como negocio la extraña manía de los "occidentales decadentes" interesados en perseguir las huellas de una fantasía literaria. Hasta entonces, el régimen fue bastante hostil con el famoso conde. De hecho, la primera edición en rumano de la novela Drácula, después de la guerra mundial, tiene fecha de 1992, y hasta comienzos de esta década los cines rumanos tuvieron que ignorar, por obligación, las películas del género.

El hotel se sitúa en un lugar que bien pudiera ser el que Stoker describe en la novela como emplazamiento del castillo del conde vampiro: el paso Tihuta, en Piatra Fantanele, el punto más elevado del desfiladero del Borgo. El edificio es una mezcla de caserón y fortaleza, con muros que combinan la piedra con paredes de ladrillo encalado, como si el constructor hubiera dudado entre servir a la ficción literaria y atender al hospedaje de los cazadores, para optar,finalmente, por una solución intermedia. Un amplio patio interior con suelo de piedra y escasa iluminación, en cuyo perímetro se disponen, en dos pisos, las habitaciones, confiere al hotel un aire de misterio desmentido por la decoración interior, que sólo alude a la recepción y en una cripta del sótano al personaje que da nombre al establecimiento. Una de las empleadas organiza la visita a la cripta, decorada con pieles de oso y lobo, una rata disecada y pinturas alusivas a la historia del vampiro. El recorrido finaliza tras un divertido encuentro con el "espíritu" que aloja el ataúd. En 1990, una turista francesa de 87 años falleció de un ataque al corazón, a consecuencia del susto que le produjo el "espíritu". Las bajadas a la cripta fueron suspendidas varios años hasta que se reconsideró la inocencia de la broma y la avanzada edad de la impresionable visitante francesa.

||HADAS, BRUJAS Y TEMPLOS||

Stoker describe Transilvania como una "región repleta de bellezas de todas clases", en lo que no se equivoca: ríos, arroyos, escarpadas colinas, inmensas pendientes boscosas y preciosas casas con amplias balconadas, rematadas por techos de teja de haya que ofrecen sus tragaluces al sol. Tampoco parece andar muy desencaminado en su apunte sobre las supersticiones. "He leído, escribe, que todas las supersticiones del mundo se hallan reunidas en la herradura que forman los Cárpatos, como si éstos fueran el centro de una especie de torbellino imaginativo." Al pie de los Cárpatos, a medio camino entre Valaquia y Transilvania, abundan las leyendas sobre hadas que bailan en la noche en el corazón del bosque, envueltas en gasas transparentes y esquivas a la mirada de los humanos. Se reconoce su presencia por los claros que producen en la maleza, la huella de sus pisadas, la hierba muerta. Quien las oye cantar, puede trasladarles tres deseos; quien se descuida y las ve, quedará ciego para siempre.

Harker, presentado como un racionalista ilustrado, poco amigo de las supersticiones, se refugia rápidamente en la ayuda de una cruz y de un rosario, a pesar de que, como anglicano, había aprendido a considerar esos objetos como idolatrías. Los templos ortodoxos carecen de estatuas de santos porque las consideran, igualmente, propias de cultos idólatras. La disposición de su alzado en una nave con tres cuerpos -pronao, nao y altar- vincula su sentido con los tres mundos posibles: el de los muertos, el de los vivos, y el de los seres celestes. La luz apenas desciende sobre el interior de la nave, se concentra en las cúpulas, mientras que, en el suelo, la ausencia de bancos, eliminados para procurar la mayor majestad posible al recinto, obliga a los fieles a situarse en los laterales, junto a las figuras de los reyes, los príncipes, los benefactores de la iglesia, el calendario con la representación de los hechos de los 365 santos que amparan cada día, y la figura del Pantócrator, el Dios Uno y Trino, repujado en plata, bañado en oro, señor del mundo con su infinita autoridad.

En el pronao, la antesala del templo, se encuentran los velatorios de los muertos, de los vivos y de los dormidos. El alma del muerto tardará cuarenta días y cuarenta noches en abandonar este mundo y mientras tanto la familia le ofrenda pan y agua, para que se alimente, y velas que le aporten luz en su combate con la oscuridad. En la nave, cantan, rezan y se santiguan una y otra vez, de izquierda a derecha, los monjes de negro, las monjas de negro, las mujeres y los hombres de negro. Los fieles recogen agua bendita de las enormes tinajas bendecidas y pan bendito de los canastos que lo ofrecen troceado. Todos rezan frente al iconostasio, el muro adornado con iconos que separa el altar y, especialmente, junto a las momias, los cuerpos incorruptos de los santos dispuestos en un lateral de los templos. Hace sólo once años, en Neamt, en la Bucovina, se rompió el asfalto y aparecieron los esqueletos de varios monjes que ahora son rezados, tocados y queridos como santos.

En Suceava detuvieron a un feligrés que en un arrebato de pasión creyente mordió a una momia santa y se llevó en la boca un trozo de su carne incorrupta.

Stoker nunca estuvo en Transilvania y, según se cree, todas sus anotaciones sobre este lugar las obtuvo del libro Transilvania, de E. Gerard, publicado en 1.888. Abraham Bram Stoker era el tercero de siete hijos en una familia de clase media de Dublín. Cursó en el Trinity College Ciencias Exactas, pocos años después de que hubieran pasado por las mismas aulas Charles Robert Maturn, autor de Melmoth el errabundo, y Joseph Sheridan Le Fanu, responsable, entre otros espeluznantes relatos góticos, del cuento Carmilla. Su afición al teatro -fue crítico teatral del diario Mail, de Dublín- y su respeto y veneración por el actor Henry Irving, el primer actor británico que alcanzó el título de sir, le permitieron emplearse de gerente en la compañía de Irving, habitual del Lyceum, en el Strand, oficio desde el se acercó con timidez y, por lo general, poco brillantes resultados, a la literatura.

La creencia en los vampiros, sus presuntas artes y singularidades, estaban ya perfiladas desde la aparición del libro Primitive Culture, del antropólogo Edward B. Tylor, en 1871. Tylor recoge numerosos testimonios que acreditan una respuesta común, el vampiro, a la certeza, igualmente extendida, de que algunos individuos se debilitan sin causa aparente, como si perdiesen la sangre, sobre todo de noche. La superstición tenía una variante eslava, según la cual hay personas, especialmente asesinos y suicidas, que al morir se vuelven vampiros y tienen sed de sangre, que empiezan por saciar con sus familiares y parientes y luego extienden a los extraños, con el resultado de que todos los atacados por el no muerto se vuelven vampiros.

El vampiro actúa siempre de noche y la única manera de acabar con la amenaza pasa por descubrir la tumba del no muerto, localizar su cadáver, reconocible por las manchas de sangre fresca en su boca, y clavarle, de un solo golpe, una estaca en el corazón. Stoker seleccionó esta forma de acabar con el vampiro, entre otras posibles descritas por Tylor, como, por ejemplo, el descabezamiento, la luz, el exorcismo o el fuego. En Drácula, la novela, la luz sólo debilita al no muerto, no acaba con él, y la idea de un amanecer mortal para el vampiro fue una solución posteriormente adoptada por el cine. En los Balcanes, iban al fuego, junto con el vampiro, todos los animales e insectos que podían haber estado en contacto, alrededor de la hoguera, con el cadáver, por temor a que el vampiro se encarnara en alguno de ellos y continuara su labor destructora. Uno de los personajes de la novela, el loco Renfield, come pájaros e insectos y guarda, gracias a esta zoofagia, una extraña afinidad con el vampiro.

La superstición tuvo su eco en la literatura y, ya antes de que Stoker escribiese Drácula, había nacido la figura de un vampiro fascinante, seductor, culto, sensual y nada lóbrego en algunos relatos de Hoffman, Byron, Thomas Prest, y, en especial, en el cuento breve El Vampiro, del médico de Byron, John William Polidori, quien lo concibió al mismo tiempo, 1816, y en el mismo lugar, Villa Diodati, en que Mary W. Shelley alumbró Frankenstein. Con éstas y quizá otras referencias, y hay que admitir que, ante todo, con su propio talento, Stoker creó una novela de imágenes imborrables -el vampiro aristócrata, el castillo, el hombre murciélago que repta por las paredes, el barco de los muertos-, un encuentro de sexo, sangre, misterio y muerte que fue saludado por Oscar Wilde como "la mejor novela de todos los tiempos". Stoker bromeó diciendo que había sido fruto de una pesadilla, "producida por un exceso de marisco en la cena", pero en la correspondencia con su hermana destacó que pretendía crear una obra "capaz de romper con la falsa tranquilidad de nuestros hogares mentales". La novela fue un éxito comercial inmediato. La puritana sociedad británica acogió con entusiasmo la llegada del conde trasilvano que rastreaba la huella de las mujeres para atravesar su yugular con un bocado sensual y pecador. Casi cien años después de la novela, el cineasta Francis Ford Coppola advirtió que la potencia literaria del personaje está en su correspondencia con el mismo diablo. Drácula hace beber su sangre a Mina mientras pronuncia su contraevangelio: "Eres carne de mi carne, sangre de mi sangre, de mi propia raza, mi generoso lagar". Coppola ve a Drácula como Satán, de acuerdo con la presentación que hace del diablo el Apocalipsis, que lo retrata como un seductor, y con la tradición de los primeros tiempos del cristianismo (Justino, Atenágoras, Ireneo), según la cual el diablo era un ángel perdido y obligado a vagar eternamente por el mundo por haberse unido sexualmente a las mujeres humanas en los primeros tiempos de la Creación.

Drácula, en rumano, significa diablo. Pudo ser un azar, pero se cree que Stoker hizo derivar el nombre del principal personaje de su célebre novela de un príncipe de Valaquia, región fronteriza con Transilvania, llamado Vlad Dracul, Vlad el Diablo. Quienes rastrearon, años después de la muerte de Stoker, el posible origen del nombre de Drácula en la genealogía de los príncipes y nobles de Transilvania (en la novela, Drácula se dice descendiente de los hunos y afirma haber combatido contra los magiares, lombardos, ávaros, búlgaros y, en especial, contra los turcos) se encontraron con un Dracul que, desgraciadamente para las relaciones entre la ficción y la historia, carecía de cualquier elemento o posible asociación vampírica en su biografía.

Vlad Dracul se había distinguido, efectivamente, en la lucha contra los infieles y por esta razón el emperador Segismundo de Luxemburgo le había concedido, el 8 de febrero de 1431, el ingreso en la Orden del Dragón, a la que también pertenecían los reyes de Castilla y Polonia y el Gran Duque de Lituania, entre otros. Al regreso de su encuentro con Segismundo en Nuremberg, Vlad ordenó acuñar moneda y un medallón personal con la efigie del dragón, un monstruo tan retorcido y terrible en su apariencia que motivó el apodo de "diablo" para su portador. Pero ahí acababan, en el medallón y en el apodo, las vinculaciones de Vlad con el diablo, con Drácula.

El hijo de Vlad Dracul, era, a diferencia de su padre, un personaje rodeado por una leyenda de sangre, terror y guerra. Nació, según se cree, en Sighisoara, la bella ciudad rumana medieval, en una casa que aún se conserva, se ganó en el transcurso de los años, gracias a su fórmula para cobrar venganza e impartir justicia, el sobrenombre de El Empalador, Tepes en rumano. Fueron cientos, si no miles, los turcos que sembraron de sangre los campos de Valaquia, empalados, tras su derrota, para que sufrieran la más cruel de las agonías hasta la llegada de la muerte. Según uno de sus biógrafos, Ion Stavada, Vlad Tepes no sólo arremetió con el horror de sus métodos contra los turcos. Empaló a todos cuanto creyó que le estaban engañando, fueran turcos, monjes o boyardos de su propia corte, decapitó a quienes halló culpables de robo o estafa, ordenó la muerte de los soldados cobardes o traidores, quemó mendigos y perezosos porque, se afirmaba, no traían beneficios a la sociedad, y según otras leyendas, porque no existe documentación precisa sobre ninguna de estas aseveraciones, atravesó la cabeza de unos mensajeros turcos tocados con unos gorros porque no aceptaron descubrirse en su presencia.

Vlad Tepes murió en diciembre de 1475 o en enero de 1476 cerca del monasterio de Snagov, a 40 kilómetros de Bucarest, donde se cree que hoy reposan sus restos. Al parecer, fue víctima de una traición, le tendieron una celada y fue muerto por los turcos que, según una de las versiones, enviaron su cabeza a Estambul. La última de sus leyendas afirma que, tiempo después de su muerte, los habitantes de los bosques de Snagov creían verle paseando de noche en su caballo, sin cabeza, con arreos militares y a la búsqueda de sus enemigos.

A su muerte, Vlad Tepes dejó también, junto con su estela de empalamientos y sangrías, una obra política valiosa: la construcción de numerosas fortalezas para proteger las rutas comerciales de Valaquia y la elección de Bucarest como futuro emplazamiento de la corte. La llamada Ruta de Drácula en Rumania sigue, hasta entrar en Transilvania, las huellas de este príncipe acomodado entre la historia y la literatura con el definitivo sobrenombre de Vlad Drácula Tepes, una figura señera del Renacimiento para muchos rumanos y el auténtico y genuino Drácula para casi todos los turistas. La confusión se expresa y se registra en el suntuoso castillo de Bran, cuyo perfil de torres puntiagudas, almenas y saeteras alimenta la imaginación y las referencias a las que nos ha acostumbrado el cine. En el libro de visitas del castillo, una anotación de un rumano dice: "gracias por este encuentro con la historia, fue formidable"; una francesa escribe: "gracias, Conde, por haberme deparado este momento. Estoy lista. Cuando quieras, ven y chúpame, soy tuya"; mientras que otro extranjero se pregunta: "¿dónde coño está Drácula?".

Los restos de Vlad Tepes descansan en el interior del monasterio de Snagov, un pequeño templo, ahora en reparaciones, custodiado por un pope y una monja, al que apenas llegan visitas. La tumba fue descubierta por uno de los más prestigiosos historiadores rumanos, Nicolae Iorga, que no pudo dar a conocer su hallazgo porque murió a mano de los fascistas rumanos, que primero le fusilaron, luego torturaron su cuerpo sin vida y, finalmente, le cortaron y despedazaron la cabeza. Iorga identificó el cadáver de Blad Tepes por el cinturón de acero, el anillo y otros objetos del príncipe. La tumba esta junto al altar del monasterio porque, según averiguó Iorga, así se cumplía el deseo de quienes le enterraron, y quizá del propio Vlad: que el pope pasara todos los días sobre sus restos, con lo que éstos algo ganarían en el largo camino hacia el perdón de sus pecados.

El monasterio se levanta en el centro de una isla en el lago Snagov, cerca de una antigua cárcel y frente por frente con el antiguo palacio de verano de Ceaucescu. Existe un túnel que comunica tierra firme con la isla, desde los tiempos, al parecer, de Vlad Tepes. El túnel fue cerrado por Ceaucescu, temeroso de que la existencia del corredor pudiera afectar a su seguridad personal. A Ceaucescu le gritaban en el 89 "Drácula, tú eres Drácula" y le culpaban de todos los atrasos y las injusticias sufridas en el país bajo su gobierno. Carmen Morón, una española que trabaja con los franciscanos en los orfanatos de San Iosif, al norte de Rumania, afirma conocer a la matrona que atendía a los niños a los que se les extraía sangre para las continuas transfusiones que necesitaba el dictador, enfermo de leucemia. A Ceaucescu también se le responsabiliza, entre otros crímenes, de la desatención de los manicomios, donde ahora han aparecido enfermos semidesnudos, hacinados en salas inmundas, sujetos a toda clase de horrores que incluyen actos de canibalismo.

||EL CONDE ESTÁ VIVO||

BucarestLa herencia arquitectónica de Ceaucescu se encuentra en la capital, Bucarest: amplias avenidas apenas ocupadas por los modestos Dacia y los viejos Trabant de la antigua República Democrática Alemana; grandes e inútiles edificios grises, sedes del partido, del gobierno, de la administración, símbolos del poder de la burocracia. Los turistas recorren la "ruta comunista" de la capital rumana, entre los signos que definen externamente a los nuevos, orgullosos, incipientes capitalistas: teléfono móvil, antena parabólica individual y matrícula a la medida, con la "B", de Bucarest, un número de dos cifras y tres letras que permiten inscribir, por un módico precio, las iniciales del nombre o componer la matrícula de moda: B 69 SEX.

Mircea Poenaru y su novia Liliane pertenecen a esa novísima clase de empresarios rumanos que han decidido tomar la iniciativa sin esperar a que el Estado les acabe de transformar en capitalistas. Acaban de inagurar, en el centro de Bucarest, el Club Conde Drácula, restaurante, pub y cafetería que reúne todos los elementos que espera encontrarse el que acude en busca de los ecos de la figura del conde y de su historia: un sótano con rejas, telarañas, un ataúd y hasta un actor rumano, de físico parecido a Cristopher Lee, contratado para amenizar la velada a los clientes. En la empresa colabora Nicolae Paduraru, el presidente de la Sociedad Transilvana de Drácula. Para él, como para Mircea y Liliane, Drácula es un filón aún virgen en Rumania. Al fin y al cabo, una de las más viejas supersticiones transilvanas dice que si te encuentras por la mañana con un fogonero (stoker, en inglés) obtienes cien años de buena suerte. Cien años después de la novela, algunos han visto a Stoker y apostado porque no existe un negocio con más futuro que la explotación del inmortal vampiro, el soñado, querido, temido, conde Drácula.

Mariano López - "Viajar"

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