"Soy
Drácula, y le doy la bienvenida a mi casa. Entre; el aire de
la noche es frío, y necesitará comer y descansar. Puede
ir a cualquier parte del castillo que desee, salvo donde las puertas
están cerradas con llave, lugares en los que, naturalmente, no
deseará entrar. Existe una razón para que todas las cosas
estén como están, y si usted víese con mis ojos
y conocíese con mi conocimiento, quizá lo entendería
mejor...".
**********************
Según ciertas creencias eslavas, la más
terrible maldición que jamás afligió al mundo es
la del vampiro, que se alimenta con sangre humana fresca. El
temor al vampiro, al demonio que mina la vida de los seres vivientes
privándoles de la sangre para aumentar su propia vitalidad, es
antiguo y casi universal. Está documentado en China, India, Escandinavia,
Centroamérica, Polinesia y, especialmente, en los países
balcánicos, pero fue en Rumania, donde nació, por obra
de la literatura, la más atrayente encarnación del diablo
sediento de sangre humana: Drácula, el vampiro culto y seductor
que habitaba en un castillo en el desfiladero del Borgo, al pie de los
Cárpatos, en Transilvania.
Cien años después de la
novela, Transilvania sigue siendo, como suponía Stoker, una región
agreste y casi desconocida. Son pocos los turistas que se adentran en
este país de suaves montañas y estrechos valles, poblados
por grandes masas de pinos y abetos donde aún aullan los lobos
y se teme la presencia de los osos, que bajan en ocasiones a los caseríos
para buscar alimento en la basura. El reloj se paró hace un siglo,
si no más, y los caminos que comunican
Transilvania
con Bucovina no saben de tractores. Los carros viajan colmados de heno
y arrastrados por el paso lento y perezoso de los bueyes. Algunas bicicletas
antediluvianas apuran a buen ritmo los tramos rectos de la llanada mientras
que la mayoría confía en sus piernas para andar y desandar
los caminos, invisibles a esas horas en que las nubes tocan la tierra
y la sumergen en la niebla. El sacerdote ortodoxo, el pope, de Prunau
Bargaului, la Vega del Borgo, una de las diminutas aldeas que jalonan
el desfiladero, cree que ni la guerra mundial, ni Ceaucescu ni la revolución
de 1989 han dejado su huella en Transilvania. La vida sigue girando
en torno al campo, los derechos sobre las tierras son los mismos que
regían hace un siglo y la economía se mueve como siempre,
por mecanismos de trueque: tú me das parte de tu cosecha y yo
te construyo la casa; yo te doy mi fruta y tú me das tu pan.
Los asalariados, que son pocos, cobran unas 6.000 pesetas de sueldo
medio al mes y se preguntan en qué consiste el capitalismo.
||MIEDO A LOS NO MUERTOS||
Hablamos de tradiciones. No hay ajos en
las paredes de las casas, ni estacas afiladas de madera dispuestas para
la defensa. Ni rastro de los famosos vampiros. Otra cosa son los no
muertos, para quienes existe una palabra en rumano: strigoi. Los inviernos
son largos y duros, empiezan en noviembre y alcanzan hasta marzo. Durante
todo este tiempo la nieve cubre el paso, aísla las aldeas y obliga
a las gentes a permanecer en casa, a cubierto de los efectos de las
temperaturas que, a veces, descienden hasta treinta grados bajo cero.
La nieve, los inviernos prolongados y el aislamiento explican, según
el pope, la costumbre trasilvana de enterrar a los muertos en el jardín
o en el huerto de la propia casa. También interviene la pobreza:
son muchos los que se procuran en vida su propio ataúd para asegurarse
de que, llegado el momento, tendrán la tierra y la madera para
descansar en paz.
La fiesta mayor en Transilvania celebra el descenso del Espíritu
Santo, cincuenta días después de la Pascua, y tiene lugar
en los cementerios. El pope encabeza una magna procesión, que
parte de la iglesia al camposanto y encuentra en su camino la ofrenda
de los vecinos, que engalanan puertas de haya y piden la bendición
del sacerdote para sus iconos. En el cementerio se honra la memoria
de los difuntos, colectivamente. Es un día señalado cuya
animación ha contribuido, según el pope, a que los vecinos
hagan lo posible por enterrar sus difuntos en los cementerios, con lo
que, de paso, reducen el miedo a los strigoi, a los no muertos, al alejar
los cadáveres de la proximidad de las casas. El hotel Castillo
de Drácula se encuentra cerca de unas tumbas aisladas, en las
que no parecen reparar los turistas. El hotel fue construido en los
últimos años de Ceaucescu, cuando el régimen comenzó
a tolerar y aceptar como negocio la extraña manía de los
"occidentales decadentes" interesados en perseguir las huellas
de una fantasía literaria. Hasta entonces, el régimen
fue bastante hostil con el famoso conde. De hecho, la primera edición
en rumano de la novela Drácula, después de la guerra mundial,
tiene fecha de 1992, y hasta comienzos de esta década los cines
rumanos tuvieron que ignorar, por obligación, las películas
del género.
El hotel se sitúa en un lugar que
bien pudiera ser el que Stoker describe en la novela como emplazamiento
del castillo del conde vampiro: el paso Tihuta, en Piatra Fantanele,
el punto más elevado del desfiladero del Borgo. El edificio es
una mezcla de caserón y fortaleza, con muros que combinan la
piedra con paredes de ladrillo encalado, como si el constructor hubiera
dudado entre servir a la ficción literaria y atender al hospedaje
de los cazadores, para optar,finalmente, por una solución intermedia.
Un amplio patio interior con suelo de piedra y escasa iluminación,
en cuyo perímetro se disponen, en dos pisos, las habitaciones,
confiere al hotel un aire de misterio desmentido por la decoración
interior, que sólo alude a la recepción y en una cripta
del sótano al personaje que da nombre al establecimiento. Una
de las empleadas organiza la visita a la cripta, decorada con pieles
de oso y lobo, una rata disecada y pinturas alusivas a la historia del
vampiro. El recorrido finaliza tras un divertido encuentro con el "espíritu"
que aloja el ataúd. En 1990, una turista francesa de 87 años
falleció de un ataque al corazón, a consecuencia del susto
que le produjo el "espíritu". Las bajadas a la cripta
fueron suspendidas varios años hasta que se reconsideró
la inocencia de la broma y la avanzada edad de la impresionable visitante
francesa.
||HADAS, BRUJAS Y TEMPLOS||
Stoker describe Transilvania como una
"región repleta de bellezas de todas clases", en lo
que no se equivoca: ríos, arroyos, escarpadas colinas, inmensas
pendientes boscosas y preciosas casas con amplias balconadas, rematadas
por techos de teja de haya que ofrecen sus tragaluces al sol. Tampoco
parece andar muy desencaminado en su apunte sobre las supersticiones.
"He leído, escribe, que todas las supersticiones del mundo
se hallan reunidas en la herradura que forman los Cárpatos, como
si éstos fueran el centro de una especie de torbellino imaginativo."
Al pie de los Cárpatos, a medio camino entre Valaquia y Transilvania,
abundan las leyendas sobre hadas que bailan en la noche en el corazón
del bosque, envueltas en gasas transparentes y esquivas a la mirada
de los humanos. Se reconoce su presencia por los claros que producen
en la maleza, la huella de sus pisadas, la hierba muerta. Quien las
oye cantar, puede trasladarles tres deseos; quien se descuida y las
ve, quedará ciego para siempre.
Harker, presentado como un racionalista
ilustrado, poco amigo de las supersticiones, se refugia rápidamente
en la ayuda de una cruz y de un rosario, a pesar de que, como anglicano,
había aprendido a considerar esos objetos como idolatrías.
Los templos ortodoxos carecen de estatuas de santos porque las consideran,
igualmente, propias de cultos idólatras. La disposición
de su alzado en una nave con tres cuerpos -pronao, nao y altar- vincula
su sentido con los tres mundos posibles: el de los muertos, el de los
vivos, y el de los seres celestes. La luz apenas desciende sobre el
interior de la nave, se concentra en las cúpulas, mientras que,
en el suelo, la ausencia de bancos, eliminados para procurar la mayor
majestad posible al recinto, obliga a los fieles a situarse en los laterales,
junto a las figuras de los reyes, los príncipes, los benefactores
de la iglesia, el calendario con la representación de los hechos
de los 365 santos que amparan cada día, y la figura del Pantócrator,
el Dios Uno y Trino, repujado en plata, bañado en oro, señor
del mundo con su infinita autoridad.
En el pronao, la antesala del templo, se encuentran los velatorios de
los muertos, de los vivos y de los dormidos. El alma del muerto tardará
cuarenta días y cuarenta noches en abandonar este mundo y mientras
tanto la familia le ofrenda pan y agua, para que se alimente, y velas
que le aporten luz en su combate con la oscuridad. En la nave, cantan,
rezan y se santiguan una y otra vez, de izquierda a derecha, los monjes
de negro, las monjas de negro, las mujeres y los hombres de negro. Los
fieles recogen agua bendita de las enormes tinajas bendecidas y pan
bendito de los canastos que lo ofrecen troceado. Todos rezan frente
al iconostasio, el muro adornado con iconos que separa el altar y, especialmente,
junto a las momias, los cuerpos incorruptos de los santos dispuestos
en un lateral de los templos. Hace sólo once años, en
Neamt, en la Bucovina, se rompió el asfalto y aparecieron los
esqueletos de varios monjes que ahora son rezados, tocados y queridos
como santos.
En Suceava detuvieron a un feligrés que en un arrebato de pasión
creyente mordió a una momia santa y se llevó en la boca
un trozo de su carne incorrupta.
Stoker nunca estuvo en Transilvania y, según se cree, todas sus
anotaciones sobre este lugar las obtuvo del libro Transilvania, de E.
Gerard, publicado en 1.888. Abraham Bram Stoker era el tercero de siete
hijos en una familia de clase media de Dublín. Cursó en
el Trinity College Ciencias Exactas, pocos años después
de que hubieran pasado por las mismas aulas Charles Robert Maturn, autor
de Melmoth el errabundo, y Joseph Sheridan Le Fanu, responsable, entre
otros espeluznantes relatos góticos, del cuento Carmilla. Su
afición al teatro -fue crítico teatral del diario Mail,
de Dublín- y su respeto y veneración por el actor Henry
Irving, el primer actor británico que alcanzó el título
de sir, le permitieron emplearse de gerente en la compañía
de Irving, habitual del Lyceum, en el Strand, oficio desde el se acercó
con timidez y, por lo general, poco brillantes resultados, a la literatura.
La creencia en los vampiros, sus presuntas artes y singularidades, estaban
ya perfiladas desde la aparición del libro Primitive Culture,
del antropólogo Edward B. Tylor, en 1871. Tylor recoge numerosos
testimonios que acreditan una respuesta común, el vampiro, a
la certeza, igualmente extendida, de que algunos individuos se debilitan
sin causa aparente, como si perdiesen la sangre, sobre todo de noche.
La superstición tenía una variante eslava, según
la cual hay personas, especialmente asesinos y suicidas, que al morir
se vuelven vampiros y tienen sed de sangre, que empiezan por saciar
con sus familiares y parientes y luego extienden a los extraños,
con el resultado de que todos los atacados por el no muerto se vuelven
vampiros.
El vampiro actúa siempre de noche y la única manera de
acabar con la amenaza pasa por descubrir la tumba del no muerto, localizar
su cadáver, reconocible por las manchas de sangre fresca en su
boca, y clavarle, de un solo golpe, una estaca en el corazón.
Stoker seleccionó esta forma de acabar con el vampiro, entre
otras posibles descritas por Tylor, como, por ejemplo, el descabezamiento,
la luz, el exorcismo o el fuego. En Drácula, la novela, la luz
sólo debilita al no muerto, no acaba con él, y la idea
de un amanecer mortal para el vampiro fue una solución posteriormente
adoptada por el cine. En los Balcanes, iban al fuego, junto con el vampiro,
todos los animales e insectos que podían haber estado en contacto,
alrededor de la hoguera, con el cadáver, por temor a que el vampiro
se encarnara en alguno de ellos y continuara su labor destructora. Uno
de los personajes de la novela, el loco Renfield, come pájaros
e insectos y guarda, gracias a esta zoofagia, una extraña afinidad
con el vampiro.
La superstición tuvo su eco en la literatura y, ya antes de que
Stoker escribiese Drácula, había nacido la figura de un
vampiro fascinante, seductor, culto, sensual y nada lóbrego en
algunos relatos de Hoffman, Byron, Thomas Prest, y, en especial, en
el cuento breve El Vampiro, del médico de Byron, John William
Polidori, quien lo concibió al mismo tiempo, 1816, y en el mismo
lugar, Villa Diodati, en que Mary W. Shelley alumbró Frankenstein.
Con éstas y quizá otras referencias, y hay que admitir
que, ante todo, con su propio talento, Stoker creó una novela
de imágenes imborrables -el vampiro aristócrata, el castillo,
el hombre murciélago que repta por las paredes, el barco de los
muertos-, un encuentro de sexo, sangre, misterio y muerte que fue saludado
por Oscar Wilde como "la mejor novela de todos los tiempos".
Stoker bromeó diciendo que había sido fruto de una pesadilla,
"producida por un exceso de marisco en la cena", pero en la
correspondencia con su hermana destacó que pretendía crear
una obra "capaz de romper con la falsa tranquilidad de nuestros
hogares mentales". La novela fue un éxito comercial inmediato.
La puritana sociedad británica acogió con entusiasmo la
llegada del conde trasilvano que rastreaba la huella de las mujeres
para atravesar su yugular con un bocado sensual y pecador. Casi cien
años después de la novela, el cineasta Francis Ford Coppola
advirtió que la potencia literaria del personaje está
en su correspondencia con el mismo diablo. Drácula hace beber
su sangre a Mina mientras pronuncia su contraevangelio: "Eres carne
de mi carne, sangre de mi sangre, de mi propia raza, mi generoso lagar".
Coppola ve a Drácula como Satán, de acuerdo con la presentación
que hace del diablo el Apocalipsis, que lo retrata como un seductor,
y con la tradición de los primeros tiempos del cristianismo (Justino,
Atenágoras, Ireneo), según la cual el diablo era un ángel
perdido y obligado a vagar eternamente por el mundo por haberse unido
sexualmente a las mujeres humanas en los primeros tiempos de la Creación.
Drácula, en rumano, significa diablo. Pudo ser un azar, pero
se cree que Stoker hizo derivar el nombre del principal personaje de
su célebre novela de un príncipe de Valaquia, región
fronteriza con Transilvania, llamado Vlad Dracul, Vlad el Diablo. Quienes
rastrearon, años después de la muerte de Stoker, el posible
origen del nombre de Drácula en la genealogía de los príncipes
y nobles de Transilvania (en la novela, Drácula se dice descendiente
de los hunos y afirma haber combatido contra los magiares, lombardos,
ávaros, búlgaros y, en especial, contra los turcos) se
encontraron con un Dracul que, desgraciadamente para las relaciones
entre la ficción y la historia, carecía de cualquier elemento
o posible asociación vampírica en su biografía.
Vlad Dracul se había distinguido, efectivamente, en la lucha
contra los infieles y por esta razón el emperador Segismundo
de Luxemburgo le había concedido, el 8 de febrero de 1431, el
ingreso en la Orden del Dragón, a la que también pertenecían
los reyes de Castilla y Polonia y el Gran Duque de Lituania, entre otros.
Al regreso de su encuentro con Segismundo en Nuremberg, Vlad ordenó
acuñar moneda y un medallón personal con la efigie del
dragón, un monstruo tan retorcido y terrible en su apariencia
que motivó el apodo de "diablo" para su portador. Pero
ahí acababan, en el medallón y en el apodo, las vinculaciones
de Vlad con el diablo, con Drácula.
El hijo de Vlad Dracul, era, a diferencia de su padre, un personaje
rodeado por una leyenda de sangre, terror y guerra. Nació, según
se cree, en Sighisoara, la bella ciudad rumana medieval, en una casa
que aún se conserva, se ganó en el transcurso de los años,
gracias a su fórmula para cobrar venganza e impartir justicia,
el sobrenombre de El Empalador, Tepes en rumano. Fueron cientos, si
no miles, los turcos que sembraron de sangre los campos de Valaquia,
empalados, tras su derrota, para que sufrieran la más cruel de
las agonías hasta la llegada de la muerte. Según uno de
sus biógrafos, Ion Stavada, Vlad Tepes no sólo arremetió
con el horror de sus métodos contra los turcos. Empaló
a todos cuanto creyó que le estaban engañando, fueran
turcos, monjes o boyardos de su propia corte, decapitó a quienes
halló culpables de robo o estafa, ordenó la muerte de
los soldados cobardes o traidores, quemó mendigos y perezosos
porque, se afirmaba, no traían beneficios a la sociedad, y según
otras leyendas, porque no existe documentación precisa sobre
ninguna de estas aseveraciones, atravesó la cabeza de unos mensajeros
turcos tocados con unos gorros porque no aceptaron descubrirse en su
presencia.
Vlad Tepes murió en diciembre de 1475 o en enero de 1476 cerca
del monasterio de Snagov, a 40 kilómetros de Bucarest, donde
se cree que hoy reposan sus restos. Al parecer, fue víctima de
una traición, le tendieron una celada y fue muerto por los turcos
que, según una de las versiones, enviaron su cabeza a Estambul.
La última de sus leyendas afirma que, tiempo después de
su muerte, los habitantes de los bosques de Snagov creían verle
paseando de noche en su caballo, sin cabeza, con arreos militares y
a la búsqueda de sus enemigos.
A su muerte, Vlad Tepes dejó también, junto con su estela
de empalamientos y sangrías, una obra política valiosa:
la construcción de numerosas fortalezas para proteger las rutas
comerciales de Valaquia y la elección de Bucarest como futuro
emplazamiento de la corte. La llamada Ruta de Drácula en Rumania
sigue, hasta entrar en Transilvania, las huellas de este príncipe
acomodado entre la historia y la literatura con el definitivo sobrenombre
de Vlad Drácula Tepes, una figura señera del Renacimiento
para muchos rumanos y el auténtico y genuino Drácula para
casi todos los turistas. La confusión se expresa y se registra
en el suntuoso castillo de Bran, cuyo perfil de torres puntiagudas,
almenas y saeteras alimenta la imaginación y las referencias
a las que nos ha acostumbrado el cine. En el libro de visitas del castillo,
una anotación de un rumano dice: "gracias por este encuentro
con la historia, fue formidable"; una francesa escribe: "gracias,
Conde, por haberme deparado este momento. Estoy lista. Cuando quieras,
ven y chúpame, soy tuya"; mientras que otro extranjero se
pregunta: "¿dónde coño está Drácula?".
Los restos de Vlad Tepes descansan en el interior del monasterio de
Snagov, un pequeño templo, ahora en reparaciones, custodiado
por un pope y una monja, al que apenas llegan visitas. La tumba fue
descubierta por uno de los más prestigiosos historiadores rumanos,
Nicolae Iorga, que no pudo dar a conocer su hallazgo porque murió
a mano de los fascistas rumanos, que primero le fusilaron, luego torturaron
su cuerpo sin vida y, finalmente, le cortaron y despedazaron la cabeza.
Iorga identificó el cadáver de Blad Tepes por el cinturón
de acero, el anillo y otros objetos del príncipe. La tumba esta
junto al altar del monasterio porque, según averiguó Iorga,
así se cumplía el deseo de quienes le enterraron, y quizá
del propio Vlad: que el pope pasara todos los días sobre sus
restos, con lo que éstos algo ganarían en el largo camino
hacia el perdón de sus pecados.
El monasterio se levanta en el centro de una isla en el lago Snagov,
cerca de una antigua cárcel y frente por frente con el antiguo
palacio de verano de Ceaucescu. Existe un túnel que comunica
tierra firme con la isla, desde los tiempos, al parecer, de Vlad Tepes.
El túnel fue cerrado por Ceaucescu, temeroso de que la existencia
del corredor pudiera afectar a su seguridad personal. A Ceaucescu le
gritaban en el 89 "Drácula, tú eres Drácula"
y le culpaban de todos los atrasos y las injusticias sufridas en el
país bajo su gobierno. Carmen Morón, una española
que trabaja con los franciscanos en los orfanatos de San Iosif, al norte
de Rumania, afirma conocer a la matrona que atendía a los niños
a los que se les extraía sangre para las continuas transfusiones
que necesitaba el dictador, enfermo de leucemia. A Ceaucescu también
se le responsabiliza, entre otros crímenes, de la desatención
de los manicomios, donde ahora han aparecido enfermos semidesnudos,
hacinados en salas inmundas, sujetos a toda clase de horrores que incluyen
actos de canibalismo.
||EL CONDE ESTÁ
VIVO||
La
herencia arquitectónica de Ceaucescu se encuentra en la capital,
Bucarest: amplias avenidas apenas ocupadas por los modestos Dacia y
los viejos Trabant de la antigua República Democrática
Alemana; grandes e inútiles edificios grises, sedes del partido,
del gobierno, de la administración, símbolos del poder
de la burocracia. Los turistas recorren la "ruta comunista"
de la capital rumana, entre los signos que definen externamente a los
nuevos, orgullosos, incipientes capitalistas: teléfono móvil,
antena parabólica individual y matrícula a la medida,
con la "B", de Bucarest, un número de dos cifras y
tres letras que permiten inscribir, por un módico precio, las
iniciales del nombre o componer la matrícula de moda: B 69 SEX.
Mircea Poenaru y su novia Liliane pertenecen
a esa novísima clase de empresarios rumanos que han decidido
tomar la iniciativa sin esperar a que el Estado les acabe de transformar
en capitalistas. Acaban de inagurar, en el centro de Bucarest, el Club
Conde Drácula, restaurante, pub y cafetería que reúne
todos los elementos que espera encontrarse el que acude en busca de
los ecos de la figura del conde y de su historia: un sótano con
rejas, telarañas, un ataúd y hasta un actor rumano, de
físico parecido a Cristopher Lee, contratado para amenizar la
velada a los clientes. En la empresa colabora Nicolae Paduraru, el presidente
de la Sociedad Transilvana de Drácula. Para él, como para
Mircea y Liliane, Drácula es un filón aún virgen
en Rumania. Al fin y al cabo, una de las más viejas supersticiones
transilvanas dice que si te encuentras por la mañana con un fogonero
(stoker, en inglés) obtienes cien años de buena suerte.
Cien años después de la novela, algunos han visto a Stoker
y apostado porque no existe un negocio con más futuro que la
explotación del inmortal vampiro, el soñado, querido,
temido, conde Drácula.
Mariano López
- "Viajar"
