El señor de las sombras

 

Su cara era fuerte, muy fuerte, aguileña, con un puente muy marcado sobre su fina nariz y las ventanas de ella especialmente arqueadas; con una frente alta y despejada y el pelo gris que le crecía escasamente alrededor de las sienes, pero profusamente en otras partes. Sus cejas eran muy espesas, casi se encontraban en el entrecejo, y con un pelo tan abundante que parecía encresparse por su misma profusión. La boca, por lo que podía ver de ella bajo el tupido bigote, era fina y tenía una apariencia más bien cruel, con unos dientes blancos peculiarmente agudos; éstos sobresalían sobre los labios, cuya notable rudeza mostraba una singular vitalidad en un hombre de su edad. En cuanto a lo demás, sus orejas eran pálidas y extremadamente puntiagudas en la parte superior; el mentón era amplio y fuerte, y las mejillas firmes, aunque delgadas. La tez era de una palidez extraordinaria".

Tal es parte de la descripción que, tras su primer encuentro, hará Jonathan Harker de Drácula en su diario. Claro está que con el transcurso de los días irá añadiendo nuevos y aún más repulsivos detalles sobre la apariencia y carácter de su anfitrión. No obstante, en este retrato se refleja ya algo que el resto de los personajes y, por ende, el propio autor, sintieron ante el conde Drácula: la fascinación. Aunque poseedor de casi todos los atributos negativos, el noble eslavo reúne las características de héroe y, como tal, despierta en el lector un afán, no siempre reconocido, de emulación.

Al modo de un protagonista de tragedia griega, él es víctima de su destino y lo asume dignamente. Aquellos que sólo ven en Drácula su hematofilia, su desmedida ansia por la sangre, están dejando de lado los aspectos más interesantes de su personalidad. Pese a ser comparado con un insaciable vampiro, su sed es más simbólica que alimenticia, porque en la novela la sangre no es otra cosa que la vida misma; y no de una forma genérica, despersonalizada, sino con atributos que van más allá de lo físico. En el "beso" del vampiro literario se succiona la vida y la voluntad de ser, se toma el alma. Drácula no es el villano engominado de la Universal, es el seductor en su dimensión más elevada. No asalta a sus víctimas femeninas, elegidas cuidadosamente, sino que espera a que ellas se ofrezcan a sus colmillos totalmente fascinadas, anhelantes por compartir un éxtasis más allá de lo ordinario, en el que lo sexual se sublimará con la máxima entrega: la del Yo. El personaje creado por Stoker es la tentación, la imagen oscura del hombre. Él ha alcanzado la cota máxima de libertad en su reino de sombras, del que es emperador indiscutible. Domina a los seres de la noche, a las fuerzas tenebrosas que amedrentan a los hombres comunes y, libre de afectos o conceptos morales, no tiene otro compromiso que el que su voluntad le depara en cada instante. Es la fuerza de lo inconsciente, de lo habitualmente reprimido, que surge espléndida, rompiendo todas las barreras. Él es lo que los demás quisiéramos ser si tuviéramos valor para ello. Pero el mundo construido por los hombres es como es y no de otra forma. Frente al poder de Drácula y su universo sombrío, se levanta el bien, representado en la novela por los símbolos convencionales de la religión asociados a la luz de la consciencia: el Sol. Forzosamente, el protagonista sucumbe ante la norma establecida, ante un bien que en la ficción literaria no tiene otra fuerza que la de lo socialmente asumido. Drácula no muere por sus hábitos hematófagos, sino por su condición de elemento desestabilizador.

Habría que preguntar a Bram Stoker, su creador, qué razones le llevaron a inclinar la balanza en favor de la norma, a sacrificar la trágica grandeza de su personaje en aras de un orden cuya validez él mismo cuestionaba.

||EL PADRE DE DRÁCULA||

Castillo de DublínNacido en Dublín en 1847 y educado después en el rígido Trinity College, Stoker fue un escritor de lo fantástico concienzudo y brillante, consciente de que ese género requiere un derroche de realismo en su construcción para que el lector acepte los elementos extraordinarios que, siempre de forma sabiamente dosificada, van incorporándose al relato, sin que oponga la barrera del escepticismo. Crear una buena novela de terror, y, según Oscar Wilde, Drácula es "una de las mejores novelas jamás escritas", resulta tan difícil como deslizarse por un barrizal sin que los zapatos pierdan su brillo; autor y lector han de hacerse cómplices de un juego en el que a aquel le están permitidas las trampas, siempre que el ojo atento de éste no descubra en qué forma y momento las lleva a cabo. En ese sentido, Drácula es uno de los mejores ejemplos de técnica narrativa. Pero es también un escenario por el que se mueven los contradictorios sentimientos del hombre cubiertos por un ropaje simbólico, expresión, como no, de las inquietudes del propio autor.

En lo formal, Stoker fue un miembro ordenado y respetuoso con las normas de la sociedad victoriana en que vivía; en modo alguno puede hablarse de él como perturbador del orden establecido. En lo aparente es comparable al Van Helsing de su novela, símbolo de la Razón y la Ciencia que terminará con el poder de Drácula, pero en lo soterrado, su lado oscuro buscará cauces a través de la Golden Dawn, de la que fue miembro activo; una sociedad hermética dedicada al estudio de la Magia y de la Cábala, que fundó el juez Westcott en 1887 y que se haría célebre tras la incorporación a ella de Aleister Crowley, tan provocador e incómodo para la sociedad hipócrita, como el mismo Drácula.

Probablemente, en las vicisitudes que animan la novela, el autor irlandés estaba dirimiendo su propia batalla, y aunque el final otorga la victoria a los "buenos", es evidente que éstos están retratados con menos interés, con una cierta desgana que hace aún más relevante la fuerte personalidad del Conde, protagonista indiscutible, al que el escritor sacrificará en última instancia, para que la fuerza oculta que alimenta el motor de nuestros actos quede una vez más controlada.

La novela gótica, truculenta y melodramática, había pasado ya a mejor vida cuando Stoker escribió Drácula, y su estilo encajaba perfectamente en el nuevo gusto de los lectores, sin embargo, los editores de su país no aceptaron el manuscrito y tuvo que ser la Boubelday & MacLure Co. de Nueva York la que realizara la primera edición de 1897, con un éxito fulminante en Estados Unidos, al que siguió otro similar en Europa, estableciéndose definitivamente como el arquetipo de los relatos vampíricos.

Lo cierto es que, pese a ser Drácula el vampiro literario más justamente popular, las características formales del personaje ya tenían antecedentes en otros relatos. Sin tanta fortuna, otros seres pálidos, ávidos de sangre y a medio camino entre la vida y la muerte, habían llenado numerosas páginas con sus tenebrosas aventuras antes de que Drácula naciera. La mayoría no son dignos de otra consideración que la de objeto curioso, merecedor de exhibición sólo en los casos en que un nostálgico editor se decide a publicar una antología sobre el tema. A algunos les corresponde un lugar aparte, tan destacado por su valor literario y la profundidad con que el autor trató su desviada pasión, como pueda merecer el propio personaje de Stoker. De hecho, fue uno de ellos el que despertó en el escritor irlandés la necesidad de escribir una extensa novela en la que el tema fuese tratado con toda la amplitud que su riqueza simbólica permitía. El personaje al que aludo es Carmilla, protagonista de un relato con igual título escrito por un maestro del género: John Sheridan Le Fanu.

||SANGRE Y LESBIANISMO EN DUBLÍN||

Como Stoker, Le Fanu (1814-1873) era de Dublín y, también como él, estudió en el Trinity College. Ejerció como periodista en el Evening Mail, pero su fama está fundamentada en una serie de novelas en las que rompe definitivamente con los viejos e ingenuos moldes y, descargando de adjetivos y húmedos pasadizos sus relatos, crea lo que se ha dado en llamar Ghost Story, que no es otra cosa que narrar tremendas historias sin ofender a la inteligencia del lector. Su estilo no ha perdido fuerza a pesar de los años transcurridos y la mayoría de sus relatos siguen reeditándose, pero es uno determinado de ellos el que ahora merece nuestra atención en cuanto antecedente inmediato de Drácula. Forma parte de un conjunto de cuentos recogidos bajo el título genérico de In a Glass Darkly; en él, Laura, la protagonista narradora, describe emocionadamente su relación con una mujer enigmática, de extraña belleza y gran sensibilidad, Carmilla, con la que establecerá lazos afectivos de una ambigüedad necesaria para la época en que el cuento fue escrito, pero que hoy no dudaría el autor en tratar abiertamente como lésbicos:

"No me consideres cruel porque me someto al mandato irresistible de mi fuerza o mi debilidad. Si tu amado corazón está herido, el mío sangra impetuoso con el tuyo. Como culminación de mi desgracia, yo viviré de tu cálida vida y tú morirás -morirás dulcemente- para darme esa vida. No puedo evitarlo. Así como yo llego a tí, tú también llegarás a otros y aprenderás a conocer el éxtasis de esa crueldad que, a pesar de todo, es amor".

Ya está presente en Carmilla ése aroma erótico que impregna la relación entre vampiro y víctima y que culminará en el acto de posesión y entrega, tan morbosamente placentero para ambos, como el más satisfactorio de los apareamientos. Un aspecto especialmente manifiesto en la versión cinematográfica que Roger Vadin hizo del cuento (Et Mourir de Plaisir).

Aunque en menor medida que en otros relatos del mismo autor, en Carmilla hay también una atmósfera peculiar, un ambiente que rodea a los personajes y se extiende más allá de lo percibido por los sentidos, como si la realidad se prolongase en otras dimensiones intangibles, de las que los humanos no somos conscientes, pero que ejercen una poderosa influencia en nuestras vidas. No se trata de una simple estrategia literaria, es lo que Le Fanu pensaba realmente sobre el mundo y los que en él vivimos. Como a Stoker, su inquietud le llevó a buscar nuevos horizontes, planteamientos más coherentes con su forma de sentir, que el pretendido orden físico y espiritual aceptado por la sociedad de su tiempo. Esa búsqueda terminó por indentificarle con las ideas de Swedenborg y su movimiento religioso.

Si Carmilla es un antecedente claro y directo de Drácula, estableciéndose incluso, más de un paralelismo entre los autores de ambos personajes, no me resisto a citar otro par de ellos más: Varney y Lord Ruthven.

||VARNEY EL VAMPIRO||

El primero no tiene otros méritos que el de contar ya con los atributos vampíricos y haber nacido, literalmente hablando, unos cincuenta años antes que Drácula. Fue el protagonista de una novela por entregas (doscientas veinte en total) titulada, nada más y nada menos, Varney el Vampiro o El Festín de Sangre. Alrededor de mil páginas en las que todos los excesos imaginables de la mala novela gótica estaban presentes. Afortunadamente para ambos, existen dudas sobre si la responsabilidad de tal engendro corresponde a James Malcolm Rymer o a Thomas Peckett Prest, aunque es éste último al que la mayoría de los investigadores señalan con dedo acusador. Respecto al segundo, Lord Ruthven, hay materia para un amplio comentario, aunque aquí lo resuma a lo esencial; es el personaje central de un cuento titulado El Vampiro, de un médico no muy digno de envidia llamado John William Polidori. La creación de ésta sombría criatura obedeció a unas especiales circunstancias. Dicen que fue en el verano de 1816, incluso algunos puntualizan que el 16 de junio. En aquellos días, una serie de escritores reunidos en Villa Diodati, junto al lago Leman (Suiza), combatían su tedio leyendo y comentando una antología alemana de cuentos terroríficos titulada Phantasmagoriana. Sea o no cierto, el caso es que se le atribuye a Lord Byron, el anfitrión, la proposición de que los presentes escribieran un relato de ese género. La consecuencia fue Frankenstein y El Vampiro.

Frankenstein o el moderno Prometeo lo escribió Mary Shelley, amante entonces y esposa meses después del poeta Shelley. Más que una novela de terror es un pretencioso alegato filosófico sobre la incomunicación y el mal que la intolerante sociedad puede causar a una criatura de alma pura y apariencia espantosa, como es el conocido monstruo. El Vampiro, por el contrario, es una narración concebida sin otra intención que la de asustar al lector. Su autor, el ya citado William Polidori, era el médico, secretario y felpudo de Lord Byron. De la relación entre ambos puede decirse mucho -me permito recomendar al respecto la biografía de Lord Byron escrita por André Mourois-, excepto que fuesen "amigos", como he leído en algún ensayo sobre el tema, a no ser que se tenga de tal palabra un concepto tal amplio como elástico. Byron eran un excelso poeta y un sublime histérico, en tanto que Polidori era ese masoquista que no suele faltar en la cohorte que rodea a los ilustres y rumia su odio almibarado hacia el "gran hombre" del que recibe malos tratos a cambio de dejarle compartir su intimidad. Byron & Polidori constituyen un ejemplo de simbiosis que haría las delicias de cualquier psicoanalista. Y es algo que tiene su importancia en ésta síntesis de lo vampírico, porque no hace falta ser muy sagaz para descubrir que el siniestro, flaco y pálido Lord Ruthven no es otra cosa que un retrato despiadado de Lord Byron. El que eligiera la figura de un vampiro para descargar su reprimida animadversión hacia el poeta, sugiere que era así como Polidori vivía inconscientemente esa relación: con su personalidad "vampirizada" por la del otro.

Lo curioso es que Drácula, aunque aparentemente más lejos de la sátira dolorida, pudo cumplir en alguna medida el mismo fin que El Vampiro. También suele tratarse de modo superficial la relación entre Bram Stoker y el actor Henry Irving, tan despótico e insufrible como Byron; del que fue amigo, secretario y empresario. Es posible que entre ambos hubiera lazos más "profundos" que los de una simple amistad, como sugieren algunos ensayistas maliciosos o sagaces, y que esa fuese la razón que mantuvo unidas a dos personas tan diferentes y complementarias. Cierto o no, lo que nadie duda es que el histriónico Irving dominó en todo momento a Stoker, al que no escatimó humillaciones y utilizó a su conveniencia.

De encontrar más casos similares al de Polidori y Stoker, podría sospecharse que para escribir buenos relatos de vampiros es preciso sentirse antes vampirizado. Fuesen cuales fuesen las vicisitudes de sus creadores, Ruthven, Carmilla o Drácula han crecido robustos y sanos, manteniéndose lozanos a pesar del tiempo transcurrido. Si en alguna época se han visto forzados a dormir su letargo de no-muertos, ha sido para despertar de nuevo aún más ávidos de sangre, en la pantalla de un cine o de un televisor. Para bien sea.

Fernando Jiménez del Oso - "Enigmas"

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