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Alquimista, masón, científico, viajero y poeta dotado de habilidades psíquicas, Goethe es, sin duda, uno de los ejes de la cultura universal. Pocos conocen la importancia que tuvo el ocultismo en su formación y los secretos de la iniciación espiritual que se esconden tras su obra cumbre, Fausto. En 1774, una novela
titulada Penas del joven Werther conmocionó a Europa y provocó
no pocos suicidios. La trágica historia de su protagonista
que, enamorado de una mujer ya comprometida, decide quitarse la vida,
la convirtió en la obra emblemática del Romanticismo
y de un movimiento artístico alemán, incipiente por
aquellos días, conocido como Sturm und Drang (Tempestad e Impulso),
que reaccionó contra el racionalismo, promoviendo el conocimiento
intuitivo, la investigación del inconsciente y del sueño
y propugnando la restauración de la religiosidad mágica
pagana de los antiguos germánicos. Asimismo hizo célebre
a su autor, Johann Wolfgang von Goethe, un joven licenciado en derecho
que no tuvo pudor en confesar que su amor por la novia de su mejor
amigo le había inspirado aquellas apasionadas páginas.
Aunque fue censurado por los sectores religiosos por justificar el
suicidio, la novela tuvo una acogida sin precedentes; incluso Napoleón
confesó haberla leído más de ocho veces. Sin
embargo, este éxito encasilló a Goethe como un simple
poeta romántico. Hoy, los especialistas le consideran uno de
los seis mejores escritores de la literatura universal. Tenía 4 años cuando su abuela le regaló un pequeño teatro de marionetas, lo que sin duda despertó en él la pasión por la dramaturgia. Dos años más tarde, en 1755, quedó profundamente impresionado a causa del terremoto de Lisboa. El seísmo, tal y como relató en su obra autobiográfica Poesía y Verdad, le hizo preguntarse "sobre la sabiduría y la clemencia de un Dios que deja a la merced de tal ruina tanto al justo como al injusto". Por otro lado, su abuelo materno poseía singulares dotes para interpretar los sueños, facultad que, a juzgar por las experiencias que tuvo el propio Goethe, debió de heredar. A la edad de 16 años, un día que viajaba de Frankfurt a Leipzig, vio de pronto, en un lodazal, una especie de anfiteatro iluminado. Así describió la experiencia: "En un espacio con forma de túnel brillaban innumerables lucecitas, acomodadas una sobre otra". Al enterarse posteriormente de que allí había existido una vieja cantera, se preguntó si lo que había visto era un "pandemonium de fuego fatuo o un grupo de criaturas luminosas". Seis años más tarde, en Estrasburgo, Goethe acababa de despedirse de su amada, Federica Brion, y se disponía a regresar a casa. Fue entonces, mientras cabalgaba, cuando observó que un jinete se dirigía a su encuentro. Al llegar a su altura, el poeta descubrió sobresaltado que aquel caballero era "él mismo", aunque vestido con una capa gris con ribetes dorados que Goethe no tenía entre su vestuario. Aquella visión calmó su angustia, pues él la interpretó como el presagio de que volvería a Sesenheim para encontrarse con su adorada Federica. Y, en efecto, aunque no volvió a retomar aquella relación jamás, sí regresó a la ciudad, ocho años después, usando la misma capa que su "doble" utilizó en la visión premonitoria. Otro episodio similar tuvo lugar en 1783. Goethe presintió, en varias ocasiones, que una oleada de espantoso terremotos se abatiría sobre Europa. Dos semanas después, llegaron noticias de un terrible seísmo ocurrido en Mesina (Italia). ||EXPERIENCIAS PSÍQUICAS|| En su autobiografía, Goethe narra
que, siendo niño, predijo la muerte de un niño ante
su propia madre. En 1770, el poeta tuvo otra de aquellas singulares
experiencias. En esta ocasión, vio a la archiduquesa María
Antonieta acompañada de su séquito. A su paso, presintió
un halo trágico en torno a ésta, quizá el anuncio
de su trágico final. Sin duda, este tipo de experiencias infundió en Goethe la idea de la existencia de un mundo suprasensible regido por leyes secretas, que él intentó descubrir en manuscritos medievales, cabalísticos y alquímicos. Quizá por ello comenzó a interesarse por las organizaciones iniciáticas. De hecho, a los 14 años trató de ingresar en la "Sociedad arcádica de Phylandria", una sociedad secreta juvenil de Frankfurt, pero fue rechazado por su corta edad. Cuando regresó de Leipzig, donde recaló en 1765 para estudiar derecho, lo hizo aquejado de una extraña enfermedad que le hacia vomitar sangre. Aconsejado por un familiar, acudió a un tal doctor Metz, personaje enigmático, versado en la medicina de Paracelso y en la tradición rosacruz. éste logró curarle administrándole misteriosos remedios que, además, proporcionaron a Goethe una vitalidad insólita. El Aurea catena Homeri, tratado de alquimia
medieval, pasa a ser su libro de cabecera y comienza a esbozar sus
futuros trabajos científicos sobre las plantas y los colores.
Estudia, entre otros, a Paracelso, Cornelius Agrippa y Giordano Bruno.
En esa época lee también la Es muy probable que en esa época Goethe fuera iniciado en los rituales rosacrucianos. Al menos es lo que parece reflejarse en Los años de aprendizaje de Guillermo Meister, obra en la que puede adivinarse al doctor Metz bajo el personaje de Makaria. Es éste uno de los seres más extraños salidos del genio goetiano, especie de hermafrodita singular, envuelto en un aura celestial y unido al mundo tan sólo por un fino, aunque resistente, cordón umbilical, la Fraternidad Universal, representada por la misteriosa Sociedad de la Torre, que Makaria dirige con autoridad. La Sociedad de la Torre -en la que algunos ven una alusión a la Rosacruz- es una organización universal integrada por elegidos. Por otra parte, la conexión de Goethe con círculos de iluminados es sobradamente conocida y también existen documentos, en el archivo de Weimar, que prueban que fue iniciado en 1780 en la logia masónica Amalia y que, con el tiempo, llegó a alcanzar el grado 33, el máximo. El contacto de Goethe con el esoterismo se canalizó a través de un vehículo literario excepcional: Fausto. Este drama refleja todas las pruebas por las que ha de pasar el iniciado. La leyenda fáustica popular era, para Goethe, una versión más de la eterna aventura humana en búsqueda de la propia identidad, reflejada en la actividad individual, a través de la cual el hombre ocupa un lugar determinado en la sociedad. Cuando en 1771 regresa de Estrasburgo a Frankfurt, para instalarse como abogado, ya lleva un esbozo del Fausto primitivo, el Urfaust, que acabaría en 1773, aunque la primera parte de la obra no la finalizó hasta 1790, y la segunda, un año antes de su muerte. ||FAUSTO: EL ESPÍRITU DE LA TIERRA||
Sin embargo, todavía eran necesarias más experiencias en la vida del poeta, quien descubre -al mismo tiempo que su personaje- que no se pueden alcanzar de un solo golpe los secretos de la vida, sino que el pensamiento debe penetrar, poco a poco, pacientemente, en el alma y en el espíritu de las cosas que nos ofrece el mundo sensible. Ése es el punto de partida de todo el desarrollo ulterior de Fausto. Goethe, hacia el final de su vida, confiesa a su secretario, Eckermann, que el núcleo esencial de esta obra está encerrado en un solo verso: "Quien siempre aspira y se afana (por superarse), a ése le podemos salvar" (Fausto II). Pero cabe preguntarse si el genial escritor fue un hombre feliz. Él mismo reconoce: "Mi vida ha sido el eterno danzar de un guijarro que una y otra vez quiso ser levantado". El 22 de marzo de 1832, momentos antes de morir, acompañado de su nuera Ottilia, dijo simplemente: "Abrid los postigos para que entre más luz".
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