Goethe



Alquimista, masón, científico, viajero y poeta dotado de habilidades psíquicas, Goethe es, sin duda, uno de los ejes de la cultura universal. Pocos conocen la importancia que tuvo el ocultismo en su formación y los secretos de la iniciación espiritual que se esconden tras su obra cumbre, Fausto.

En 1774, una novela titulada Penas del joven Werther conmocionó a Europa y provocó no pocos suicidios. La trágica historia de su protagonista que, enamorado de una mujer ya comprometida, decide quitarse la vida, la convirtió en la obra emblemática del Romanticismo y de un movimiento artístico alemán, incipiente por aquellos días, conocido como Sturm und Drang (Tempestad e Impulso), que reaccionó contra el racionalismo, promoviendo el conocimiento intuitivo, la investigación del inconsciente y del sueño y propugnando la restauración de la religiosidad mágica pagana de los antiguos germánicos. Asimismo hizo célebre a su autor, Johann Wolfgang von Goethe, un joven licenciado en derecho que no tuvo pudor en confesar que su amor por la novia de su mejor amigo le había inspirado aquellas apasionadas páginas. Aunque fue censurado por los sectores religiosos por justificar el suicidio, la novela tuvo una acogida sin precedentes; incluso Napoleón confesó haberla leído más de ocho veces. Sin embargo, este éxito encasilló a Goethe como un simple poeta romántico. Hoy, los especialistas le consideran uno de los seis mejores escritores de la literatura universal.

Nacido el 28 de agosto de 1749 en Frankfurt del Main, Goethe creció en una Alemania dominada por los prejuicios religiosos de la Reforma protestante y atrasada respecto al resto de Europa, donde los intelectuales abogaban por el poder de la inteligencia para descubrir las verdades últimas. Coetáneo de Mesmer, Cagliostro y la Revolución Francesa, conoció un mundo en que los sucesos misteriosos ya no se consideraban inalcanzables para el entendimiento humano y las interpretaciones religiosas eran dejadas de lado en favor de la ciencia. Un terreno abonado para alguien que, como él, no iba a respetar más norma que las inscritas en la Naturaleza.

Tenía 4 años cuando su abuela le regaló un pequeño teatro de marionetas, lo que sin duda despertó en él la pasión por la dramaturgia. Dos años más tarde, en 1755, quedó profundamente impresionado a causa del terremoto de Lisboa. El seísmo, tal y como relató en su obra autobiográfica Poesía y Verdad, le hizo preguntarse "sobre la sabiduría y la clemencia de un Dios que deja a la merced de tal ruina tanto al justo como al injusto". Por otro lado, su abuelo materno poseía singulares dotes para interpretar los sueños, facultad que, a juzgar por las experiencias que tuvo el propio Goethe, debió de heredar.

A la edad de 16 años, un día que viajaba de Frankfurt a Leipzig, vio de pronto, en un lodazal, una especie de anfiteatro iluminado. Así describió la experiencia: "En un espacio con forma de túnel brillaban innumerables lucecitas, acomodadas una sobre otra". Al enterarse posteriormente de que allí había existido una vieja cantera, se preguntó si lo que había visto era un "pandemonium de fuego fatuo o un grupo de criaturas luminosas".

Seis años más tarde, en Estrasburgo, Goethe acababa de despedirse de su amada, Federica Brion, y se disponía a regresar a casa. Fue entonces, mientras cabalgaba, cuando observó que un jinete se dirigía a su encuentro. Al llegar a su altura, el poeta descubrió sobresaltado que aquel caballero era "él mismo", aunque vestido con una capa gris con ribetes dorados que Goethe no tenía entre su vestuario. Aquella visión calmó su angustia, pues él la interpretó como el presagio de que volvería a Sesenheim para encontrarse con su adorada Federica. Y, en efecto, aunque no volvió a retomar aquella relación jamás, sí regresó a la ciudad, ocho años después, usando la misma capa que su "doble" utilizó en la visión premonitoria.

Otro episodio similar tuvo lugar en 1783. Goethe presintió, en varias ocasiones, que una oleada de espantoso terremotos se abatiría sobre Europa. Dos semanas después, llegaron noticias de un terrible seísmo ocurrido en Mesina (Italia).

||EXPERIENCIAS PSÍQUICAS||

En su autobiografía, Goethe narra que, siendo niño, predijo la muerte de un niño ante su propia madre. En 1770, el poeta tuvo otra de aquellas singulares experiencias. En esta ocasión, vio a la archiduquesa María Antonieta acompañada de su séquito. A su paso, presintió un halo trágico en torno a ésta, quizá el anuncio de su trágico final.

GoetheGoethe también experimentó un episodio de desdoblamiento, curiosamente al mismo tiempo que un amigo. El hecho sucedió en su primera estancia en Weimar, donde se trasladó en 1774 invitado por el duque Carlos Augusto y donde acabó viviendo hasta su muerte, convertido en consejero y ministro imperial. Era una tarde lluviosa y Goethe volvía hacia su casa acompañado de un hombre llamado Klemm. Mientras tanto, Federico Rochlitz, buen amigo de Goethe que estaba de visita en Weimar, fue sorprendido por el aguacero y se refugió en casa del poeta. Mientras sus ropas se secaban, el ama de llaves le prestó la bata y las zapatillas de Goethe. Rochlitz se acomodó frente a la chimenea y se quedó dormido. En sueños se vio en el camino de Belvedere, Goethe salía a su encuentro y, extrañado, se dirigía a él preguntándole que hacía en bata y con sus zapatillas bajo aquella tormenta. En ese preciso instante, Goethe, que se hallaba realmente en el camino de Belvedere, vio a su amigo bajo la lluvia y le preguntó por qué iba vestido así. Klemm, sin embargo, no vio nada. Goethe prosiguió su camino creyendo haber tenido una visión. Cuando llegó a su casa, encontró a su amigo y le relató lo sucedido. Ambos quedaron impresionados.

Sin duda, este tipo de experiencias infundió en Goethe la idea de la existencia de un mundo suprasensible regido por leyes secretas, que él intentó descubrir en manuscritos medievales, cabalísticos y alquímicos. Quizá por ello comenzó a interesarse por las organizaciones iniciáticas. De hecho, a los 14 años trató de ingresar en la "Sociedad arcádica de Phylandria", una sociedad secreta juvenil de Frankfurt, pero fue rechazado por su corta edad.

Cuando regresó de Leipzig, donde recaló en 1765 para estudiar derecho, lo hizo aquejado de una extraña enfermedad que le hacia vomitar sangre. Aconsejado por un familiar, acudió a un tal doctor Metz, personaje enigmático, versado en la medicina de Paracelso y en la tradición rosacruz. éste logró curarle administrándole misteriosos remedios que, además, proporcionaron a Goethe una vitalidad insólita.

El Aurea catena Homeri, tratado de alquimia medieval, pasa a ser su libro de cabecera y comienza a esbozar sus futuros trabajos científicos sobre las plantas y los colores. Estudia, entre otros, a Paracelso, Cornelius Agrippa y Giordano Bruno. En esa época lee también la LibrosHistoria de la Iglesia y de las herejías de Gottfried Arnold, en la cual asimila el viejo concepto zoroastriano sobre el dominio del mundo del dios del mal, Ahrimán, que tan determinante habría de ser en su concepción de Fausto. Más tarde, en 1770, cuando ante la insistencia de su padre se instala en Estrasburgo para seguir con sus estudios de derecho, Metz le facilita el ingreso en la comunidad de los Hernhuter, sociedad pietista basada en la obra del alquimista Jacob Böehme y en las ideas de Spinoza, que se reúne en casa de Susana von Klettenberg y congrega a buen número de ocultista.

Es muy probable que en esa época Goethe fuera iniciado en los rituales rosacrucianos. Al menos es lo que parece reflejarse en Los años de aprendizaje de Guillermo Meister, obra en la que puede adivinarse al doctor Metz bajo el personaje de Makaria. Es éste uno de los seres más extraños salidos del genio goetiano, especie de hermafrodita singular, envuelto en un aura celestial y unido al mundo tan sólo por un fino, aunque resistente, cordón umbilical, la Fraternidad Universal, representada por la misteriosa Sociedad de la Torre, que Makaria dirige con autoridad. La Sociedad de la Torre -en la que algunos ven una alusión a la Rosacruz- es una organización universal integrada por elegidos.

Por otra parte, la conexión de Goethe con círculos de iluminados es sobradamente conocida y también existen documentos, en el archivo de Weimar, que prueban que fue iniciado en 1780 en la logia masónica Amalia y que, con el tiempo, llegó a alcanzar el grado 33, el máximo.

El contacto de Goethe con el esoterismo se canalizó a través de un vehículo literario excepcional: Fausto. Este drama refleja todas las pruebas por las que ha de pasar el iniciado. La leyenda fáustica popular era, para Goethe, una versión más de la eterna aventura humana en búsqueda de la propia identidad, reflejada en la actividad individual, a través de la cual el hombre ocupa un lugar determinado en la sociedad. Cuando en 1771 regresa de Estrasburgo a Frankfurt, para instalarse como abogado, ya lleva un esbozo del Fausto primitivo, el Urfaust, que acabaría en 1773, aunque la primera parte de la obra no la finalizó hasta 1790, y la segunda, un año antes de su muerte.

||FAUSTO: EL ESPÍRITU DE LA TIERRA||

Con el mundoHabía una leyenda popular, el Volkvbuch, que condenaba a un personaje llamado Fausto a las más terribles torturas por vender su alma al diablo a cambio de la juventud y el gozo de los placeres terrenales, pero Goethe quería distanciarse de ella. El poeta necesitaba salvar al personaje para hacer de él un ser vivo, capaz de equivocarse. Sin embargo, la solución no habría de aparecer más que con los años, al mismo tiempo que el propio Goethe crecía espiritualmente. El cambio de perspectiva fundamental respecto a Fausto lo tuvo Goethe hacia finales de la década de los setenta, cuando su etapa de búsqueda ocultista dio paso a la científica.

Hacia 1780 comenzó sus estudios sobre biología, óptica y paleontología. Fruto de éstos es su hallazgo del hueso maxilar que representa un elemento común en hombres y animales, y le inspiró la teoría de la estructura, desarrollada en La metamorfosis de las plantas, obra que también estimularía el pensamiento de Darwin en su Evolución de las especies. Asimismo destacó como investigador de los fenómenos de la percepción cromática, que expuso en Teoría de los colores, obra de la que Goethe se sentía enormemente orgulloso. Ese interés por la ciencia natural transformó a Fausto de criminal inconsciente, aunque bueno, en un ser lúcido pero cansado de la ciencia convencional de tal modo que invoca con artes mágicas al Espíritu de la Tierra para que le ayude a encontrar la verdad.

Sin embargo, todavía eran necesarias más experiencias en la vida del poeta, quien descubre -al mismo tiempo que su personaje- que no se pueden alcanzar de un solo golpe los secretos de la vida, sino que el pensamiento debe penetrar, poco a poco, pacientemente, en el alma y en el espíritu de las cosas que nos ofrece el mundo sensible. Ése es el punto de partida de todo el desarrollo ulterior de Fausto. Goethe, hacia el final de su vida, confiesa a su secretario, Eckermann, que el núcleo esencial de esta obra está encerrado en un solo verso: "Quien siempre aspira y se afana (por superarse), a ése le podemos salvar" (Fausto II).

Pero cabe preguntarse si el genial escritor fue un hombre feliz. Él mismo reconoce: "Mi vida ha sido el eterno danzar de un guijarro que una y otra vez quiso ser levantado". El 22 de marzo de 1832, momentos antes de morir, acompañado de su nuera Ottilia, dijo simplemente: "Abrid los postigos para que entre más luz".

Gloria Garrido

 

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