No hay redentores ni pecadores. En
algunas relaciones humanas el papel de víctima se ve reforzado
y empeorado por la ayuda de los supuestos liberadores.
El enfoque sistemático en el
estudio de casos de drogodependientes ha sacado a la luz el hecho,
ya intuido, de que algunas relaciones familiares están a veces
en el origen de las adicciones y, con más frecuencia de lo
deseable, en el mantenimiento de las mismas.
Hay
relaciones que potencian estados de dependencia simplemente evitando
enfrentar el problema en su origen, porque se da la paradoja de que,
aunque efectivamente se sufran las consecuencias directamente derivadas
del problema, son precisamente esas mismas consecuencias las que hacen
posible establecer con el drogodependiente una relación de
dominio o mantener una identidad falsa y enfermiza. Algunas personas
cercanas evitan que el drogodependiente encare la búsqueda
de la autonomía que la droga le ha robado porque, ello significaría
enfrentar también los motivos personales profundos que dan
sentido a la relación que se mantiene con el adicto.
Por lo tanto, puede hablarse de codependencia
cuando en el origen o en el mantenimiento de una adicción de
cualquier tipo inciden no sólo el sujeto y la sustancia adictiva
sino también, además de otros muchos factores, determinadas
formas de relación del sujeto con las personas de su entorno
inmediato. Se trata de las llamadas relaciones colusivas.
||DE CRIMINAL A SANTO||
Aquel lector que se haya acercado a
la obra El balcón de Genet, ha podido ver un retrato magistral
de lo que en la teoría de la comunicación se conoce
como relación colusiva.
Una relación de este tipo es aquella en la que los actores
mantienen un acuerdo sutil, aunque no necesariamente consciente, en
virtud del cual uno deja que el otro le ratifique, a través
de su conducta, como la persona que se cree o pretende ser. Es decir,
que en el caso de que yo creyera ser un médico, necesito alguien
dispuesto a ejercer el papel de enfermo porque sólo así
estaré seguro de que efectivamente soy médico. Del mismo
modo, hay personas que para mantener su estabilidad emocional necesitan,
por ejemplo, ejercer de redentores con delincuentes o criminales a
quienes convertir, a través de sus sufrimientos y desvelos,
en un dechado de virtudes.
||A CADA CUAL SU
PAPEL||
Las personas patológicamente
inseguras necesitan relaciones colusivas. Claro que sólo pueden
ser reales en la medida en que alguien se preste a desempeñar
el papel que ellos necesitan. Sin ese tipo de relación, estas
personas estarían a merced de su propia inseguridad, sin una
identidad clara y definida. A merced de sus sueños.
Esta vinculación es una relación forzosamente dependiente
para uno de los actores. Sin embargo, también puede darse una
relación colusiva perfecta en la que se logra la simbiosis
de aquellos a quienes gusta sufrir con aquellos a quienes gusta hacer
sufrir. Esta doble relación colusiva confirma permanentemente
la identidad de quienes la mantienen y potencian recíprocamente
las conductas predecibles de sus respectivas personalidades.
||UN VÍNCULO
ETERNO||
Para
que una relación de este tipo sea perfecta y cumpla el papel
que, más o menos conscientemente, le hemos asignado, ha de
ser inmodificable. Si una madre mantiene con sus hijos una forma de
contacto que le sirve para certificar su autoimagen de madre abnegada,
sufridora y permanentemente preocupada por ellos, se empeñará
en mantenerlos dependientes de ella para así refrenar en lo
posible la fatal tendencia a hacerse mayores, a crecer, que todos
los niños manifiestan. Son madres que cuando sus hijos crecen,
se quedan con la identidad menguada porque sin ellos, se quedan sin
razones para sufrir, trabajar y desvelarse.
Muchas personas necesitan asumir el papel de víctimas y mantienen
una clara adicción al infortunio. El problema es que quienes
escogieron este papel (y aquí también podríamos
hablar de la profecía que se cumple a sí misma) necesitan
desesperadamente de un verdugo que los ratifique haciéndoles
sufrir.
||EL ARTE DE AMARGARSE||
Para que estos sufridores puedan efectivamente
sacrificarse, necesitan personas problemáticas y propensas
a las caídas con las que ejercer su vocación. No les
sirven los individuos racionalmente autónomos porque sin esa
propensión a la recaída, ellos se quedan sin espacio
para ejercer su sufrimiento. En una relación colusiva, las
personas problemáticas buscarán alguien que las ayude
sin desmayo a salir del hoyo -para así poder seguir cayendo-
pero no las obligue a enfrentarse consigo mismas.
Este tipo de relaciones ayuda a explicar el mantenimiento de conductas
de dependencia difícilmente explicables desde la simple observación
externa: ¿Cómo aguantará Fulano la ludopatía
de su mujer? ¿Cómo es posible que Fulanita siga viviendo
con ese tipo borrachín y pendenciero que, además, le
regala cuatro golpes cada vez que se le antoja?
Cualquiera puede llevar una vida amargada
si eso le satisface y hay personas que dominan el arte de amargarse
la vida aunque para ello deban potenciar la dependencia de otros.
A menudo, crean el problema y luego evitan enfrentarlo para que perdure,
porque la clave de su identidad sufridora está, precisamente,
en mantener el problema que les produce tantos sufrimientos.
C. de Santos - "Ser
Humano"
