Simplemente convivir

 

Gran parte de los conflictos personales, familiares, sociales y políticos que vivimos se producen por la incapacidad de vivir en cercanía, de comunicar nuestras necesidades y de respetar las de los demás. Conozco a padres y madres que se quejan de que sus hijos e hijas adolescentes -o ya talluditos- no aceptan unas mínimas normas de convivencia o de que incumplen sistemáticamente el justo reparto de las tareas domésticas. Éstos, por su parte, no soportan el control que sus progenitores intentan ejercer sobre ellos. Muchas de las disputas de pareja tienen que ver con situaciones en las que las reglas de convivencia no están bien definidas, o son injustas o alguno de los dos las rompe o simplemente quiere modificarlas para producir un nuevo equilibrio... ¡Siempre la dificultad de con-vivir en armonía!

||LA INCOMUNICACIÓN||

Si nos adentramos en cualquier ciudad, la densidad del tráfico difumina el rostro de los demás conductores, que se convierten en simples competidores para llegar al mismo sitio y a la misma hora, o que se cruzan en nuestro camino retrasando la llegada a nuestro destino. Cuando se acude a una entrevista de trabajo, a una consulta médica, al cine o a hacer las compras semanales, los turnos y las colas convierten en rivales potenciales a quienes han llegado antes. ¡Qué fastidio! ¡Siempre parece que alguien ha pensado lo mismo que nosotros unos minutos antes o que madrugó más! Sin embargo, basta con haberse perdido en un desierto o en lo alto de la montaña, haber navegado sin divisar tierra durante varias semanas, haber estado enfermo un tiempo sin recibir visitas o, simplemente, haberse quedado solo un domingo en casa porque fracasaron todos lo planes de fin de semana, para añorar la compañía humana que tantos trastornos parece producirnos.

||NECESITAMOS A LOS OTROS||

Recuerdo ahora uno de los momentos más deprimentes de mi vuelta al mundo en cinco años. Me hallaba en una isla paradisíaca de Tahití, en plena Polinesia, tras haber navegado por aquellos conchaMares del Sur casi un año entero. Había caminado, rodeando aquella pequeña isla deshabitada, por playas inmaculadas. El colorido y la variedad de los peces del arrecife eran todo un espectáculo. Abundaban las palmeras repletas de cocos y las exóticas conchas marinas de coleccionista. La puesta de sol no era de postal, sino de una belleza fragante que cortaba la respiración: una situación soñada por cualquier mortal alguno de esos días en que la jornada laboral se hace interminable. Sin embargo, yo me hallaba solo y desazonado, sin nadie con quien compartir tanta belleza, luminosidad y posibilidad de éxtasis. Llevaba varias semanas "conviviendo" conmigo mismo. El amargo sentimiento de soledad que me embargó me hizo "caer del caballo" como a San Pablo. De repente, comprendí el precioso valor de la existencia de los demás; aprecié desde el fondo de mis entrañas el tesoro que supone nuestra capacidad de relación; necesité como nunca tener a alguien al lado a quien amar y por quien ser amado. Por primera vez en mi vida experimenté desde los huesos y el corazón el hasta entonces simple principio mental de que los humanos somos seres sociales, nacidos para convivir, poner en común nuestras experiencias y enriquecer ese estado de conciencia que llamamos amor. El gozo de cualquier vivencia subjetiva se multiplica cuando puede ser experimentada con alguien, comunicada, transmitida y, por ello, amplificada.

||EL ESPACIO VITAL||

No obstante, la convivencia armoniosa y pacífica tiene como requisito que exista la posibilidad de preservar un espacio individual. En primer lugar, el espacio corporal; todos conocemos los límites de esa zona de seguridad a nuestro alrededor que consideramos inviolable y que debe ser respetada del mismo modo en que respetamos la de los demás. A continuación se halla el espacio personal de privacidad, ya sea una habitación, un apartamento, una mesa de trabajo o un despacho... Es el lugar en el que podemos refugiarnos y movernos en total libertad y al que podemos o no invitar a alguien según nuestro libre albedrío. Cuando el espacio es reducido aumenta el riesgo de que se produzcan conflictos, así como su frecuencia e intensidad. En algunas terapias recomiendo iniciar una "distancia creativa" con la persona o personas con quienes se tienen dificultades continuas. Las parejas suelen funcionar mejor cuando ambos miembros tienen una habitación propia, sin tener que irse a "dormir al salón" en caso de discusión. Muchos hijos mejoran la relación con sus padres cuando pueden salir de casa y establecerse por su cuenta. Las visitas, las comidas, las conversaciones... adquieren otra cualidad. La cualidad de todo lo que no se hace rutinariamente porque no existe otro remedio. La cualidad del acto voluntario y libremente asumido en cada ocasión. Entre comunidades y países, la falta de espacio ha constituido históricamente un motivo continuo de guerras. Durante la guerra de los Balcanes, se habló mucho de conflictos étnicos y religiosos, pero muy pocos señalaron la densidad Pájarodemográfica de Bosnia y de la Serbia colindante y la lucha por las tierras y los recursos industriales. En el conflicto entre palestinos e israelíes, las imágenes se tiñen de integrismo religioso, cuando en el fondo existe una lucha de supervivencia en unos territorios exiguos, con escasez de agua y de otros bienes imprescindibles para la subsistencia. Desde este punto de vista, es mucho más fácil la convivencia en países como Nueva Zelanda -tan grande como el Reino Unido para diez veces menos de población- o Australia, quinto Continente del mundo, acotado para disfrute de menos de 20 millones de habitantes. Cuando pensemos en términos de solidaridad de especie y no de raza, cultura o nacionalidad, tal vez podamos imaginar otro reparto demográfico del Planeta. Desde la necesidad del espacio vital y de la defensa de lo que consideramos "nuestro", los humanos hemos inventado artilugios como las fronteras -que los pájaros y los peces ignoran-, la inmigración ilegal -que desconocen las golondrinas-, el colonialismo -que no es sino la ley del más fuerte-, y el nacionalismo, que, muy en el fondo, sólo constituye una identificación reducida y limitada de la gran y verdadera identidad que es la de saberse parte de una misma Humanidad.

||COMPAÑEROS DE VIAJE||

Cuando vemos las imágenes de la Tierra que nos envían las estaciones espaciales, apenas se distinguen océanos y continentes envueltos en nubes. Pero sí puede percibirse una gran y frágil esfera Tierraflotando en un vasto espacio. Podemos imaginar lo que sienten los astronautas y que absurdo debe parecerles desde sus alturas las pequeñas rencillas de los humanos-hormigas que insensatamente agujerean con minas y bombas el territorio que les sustenta. No hace falta, sin embargo, ser astronauta. Basta con tenderse en la yerba cualquier noche de verano, o asomarse al balcón una fría noche de invierno, y contemplar el guiño de las estrellas, sabiendo que la luz de muchas de ellas sigue viajando por esa bóveda sin límites, a pesar de que murieron hace miles de eones. Tal vez nos recorra entonces un lúcido escalofrío: sobre un minúsculo, pero maravilloso planeta, nos desplazamos, como si fuera una nave espacial, 6.000 millones de humanos. Una tripulación ínfima de seres racionales en medio de un inmenso océano de luz y oscuridad, intentando perpetuarse y, tal vez, encontrar a otros semejantes en un Universo del que sólo hemos empezado a atisbar sus confines más cercanos.

Alfonso Colodrón - Terapeuta

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