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Gran parte de los conflictos personales, familiares, sociales y políticos que vivimos se producen por la incapacidad de vivir en cercanía, de comunicar nuestras necesidades y de respetar las de los demás. Conozco a padres y madres que se quejan de que sus hijos e hijas adolescentes -o ya talluditos- no aceptan unas mínimas normas de convivencia o de que incumplen sistemáticamente el justo reparto de las tareas domésticas. Éstos, por su parte, no soportan el control que sus progenitores intentan ejercer sobre ellos. Muchas de las disputas de pareja tienen que ver con situaciones en las que las reglas de convivencia no están bien definidas, o son injustas o alguno de los dos las rompe o simplemente quiere modificarlas para producir un nuevo equilibrio... ¡Siempre la dificultad de con-vivir en armonía! ||LA INCOMUNICACIÓN|| Si nos adentramos en cualquier ciudad, la densidad del tráfico difumina el rostro de los demás conductores, que se convierten en simples competidores para llegar al mismo sitio y a la misma hora, o que se cruzan en nuestro camino retrasando la llegada a nuestro destino. Cuando se acude a una entrevista de trabajo, a una consulta médica, al cine o a hacer las compras semanales, los turnos y las colas convierten en rivales potenciales a quienes han llegado antes. ¡Qué fastidio! ¡Siempre parece que alguien ha pensado lo mismo que nosotros unos minutos antes o que madrugó más! Sin embargo, basta con haberse perdido en un desierto o en lo alto de la montaña, haber navegado sin divisar tierra durante varias semanas, haber estado enfermo un tiempo sin recibir visitas o, simplemente, haberse quedado solo un domingo en casa porque fracasaron todos lo planes de fin de semana, para añorar la compañía humana que tantos trastornos parece producirnos. ||NECESITAMOS A LOS OTROS|| Recuerdo ahora uno de los momentos más
deprimentes de mi vuelta al mundo en cinco años. Me hallaba
en una isla paradisíaca de Tahití, en plena Polinesia,
tras haber navegado por aquellos ||EL ESPACIO VITAL|| No obstante, la convivencia armoniosa
y pacífica tiene como requisito que exista la posibilidad de
preservar un espacio individual. En primer lugar, el espacio corporal;
todos conocemos los límites de esa zona de seguridad a nuestro
alrededor que consideramos inviolable y que debe ser respetada del
mismo modo en que respetamos la de los demás. A continuación
se halla el espacio personal de privacidad, ya sea una habitación,
un apartamento, una mesa de trabajo o un despacho... Es el lugar en
el que podemos refugiarnos y movernos en total libertad y al que podemos
o no invitar a alguien según nuestro libre albedrío.
Cuando el espacio es reducido aumenta el riesgo de que se produzcan
conflictos, así como su frecuencia e intensidad. En algunas
terapias recomiendo iniciar una "distancia creativa" con
la persona o personas con quienes se tienen dificultades continuas.
Las parejas suelen funcionar mejor cuando ambos miembros tienen una
habitación propia, sin tener que irse a "dormir al salón"
en caso de discusión. Muchos hijos mejoran la relación
con sus padres cuando pueden salir de casa y establecerse por su cuenta.
Las visitas, las comidas, las conversaciones... adquieren otra cualidad.
La cualidad de todo lo que no se hace rutinariamente porque no existe
otro remedio. La cualidad del acto voluntario y libremente asumido
en cada ocasión. Entre comunidades y países, la falta
de espacio ha constituido históricamente un motivo continuo
de guerras. Durante la guerra de los Balcanes, se habló mucho
de conflictos étnicos y religiosos, pero muy pocos señalaron
la densidad ||COMPAÑEROS DE VIAJE|| Cuando vemos las imágenes de
la Tierra que nos envían las estaciones espaciales, apenas
se distinguen océanos y continentes envueltos en nubes. Pero
sí puede percibirse una gran y frágil esfera |