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Dormir es una parte fundamental de nuestras vidas. Pero, ¿por qué soñamos? ¿Son necesarias las pesadillas? Los neurólogos no son capaces todavía de dar una respuesta definitiva. El ser humano tiene una tendencia innata a preguntarse cosas. De hecho, se dice que no es más listo el que cuenta con las mejores respuestas, sino el que raliza las mejores preguntas. Una pregunta inteligente es ¿para qué soñamos? Y una respuesta aún más inteligente es contestar con otra pregunta: ¿para qué nos despertamos? No, no se trata de ningún canto a la molicie sino de una declaración científica: los expertos en neurología saben que del mismo modo que sin estar despiertos no podríamos comer, reproducirnos, trabajar, etc..., la ausencia de sueño nos impediría realizar cualquier tipo de actividad durante la vigilia. De ello se deduce que el sueño y la vigilia son procesos totalmente dependientes el uno del otro. Si es así, ¿qué aporta el primero a la segunda? Las claves para contestar a esta pregunta están en nuestro cerebro. Y la elección de este órgano no es casual. Entre los estados de sueño y de vigilia quieta (es decir, estar despierto pero completamente relajado, sin moverse), la única diferencia fisiológica es la actividad cerebral. Pero esto, por sí solo, no contesta a la pregunta de por qué soñamos. Los neurólogos creen que el sueño es una manifestación del proceso biológico de dormir, que soñar es inseparable del acto de estar dormido y que todo ser humano durmiente sueña. Por lo tanto, las ensoñaciones (tanto agradables como desagradables) han de tener una función neurológica.
Parece evidente que lo que soñamos y por qué lo soñamos ha de tener algo que ver con lo que experimentamos durante la vigilia. Algunos psicólogos nos advierten que las ensoñaciones tienen que ver con las emociones. Las imágenes más vívidas se producen durante la fase REM del sueño, en la que la actividad neuronal es más febril. De alguna manera, el proceso reparador del estado de descanso se relaciona con el proceso de información de las emociones experimentadas por nuestra mente. Algunos investigadores han buscado conexiones entre el estado emocional del sueño y el de vigilia. Una teoría muy reciente propone que los sueños servirían para integrar en la experiencia consciente sucesos vividos que violan la norma habitual de comportamiento o que han sido grabados débilmente en la memoria episódica. Esta sería la razón por la cual tendemos a experimentar sueños en los que abundan las imágenes paradójicas: personas queridas que nos hacen daño, exhibición de habilidades de las que carecemos en la vida real, atracción hacia personas que no nos atraen durante la vigilia, etc. En este sentido, es de vital importancia el estudio de las relaciones entre el sueño consciente y la vigilia consciente. Es decir, el establecimientos de nexos entre lo que sentimos al soñar y podemos recordar cuando despertamos y lo que sentimos cuando no soñamos. Cuando se realiza este tipo de análisis, se descubre que una cantidad inmensa de sueños tiene que ver con pensamientos o asociaciones cuyo origen está en la vida cotidiana. De modo que no sería extraño pensar que los sueños cumplen algún tipo de misión relacionada con la solución de problemas emocionales surgidos durante la vigilia. Por el contrario, si se descubriera que el contenido de los sueños no responde a ninguna actividad cognitiva predominante y que son meras manifestaciones extremas del comportamiento neuronal, habría que deducir que, realmente, no sirven para nada. ¿Es posible optar por una de las dos ideas? Los defensores de la primera teoría creen que la consciencia onírica y la consciencia en vigilia son básicamente iguales en todo, menos en una cosa: a la primera le falta la capacidad de evaluación y reflexión de la segunda. Las ensoñaciones serían construcciones alternativas de la cosmovisión del individuo, respuestas emocionales suplentes a los acontecimientos vividos durante el día pero que no pasan a formar parte de nuestro acervo cognitivo. ||ANTICUERPOS EMOCIONALES PARA ENFRENTARNOS A SUCESOS EXTRAÑOS||En otras palabras, soñar sería una especie de tabla de salvamento de nuestra mente: una reserva de armas emocionales para enfrentarse al mundo. Evidentemente, la actividad neuronal difiere entre el sueño y la vigilia, pero la calidad psicológica de las emociones experimentadas es básicamente idéntica: tendemos a rememorar los sueños del mismo modo que rememoramos los hechos reales. Sólo hay una característica que diferencia la experiencia vigilante de la experiencia dormida: en la segunda, perdemos la capacidad crítica y se devalúa la capacidad de realizar dos pensamientos a la vez. Sin embargo, otros autores, influidos sobre todo por el pensamiento de Freud y de Jung, han preferido pensar que la experiencia onírica es completamente distinta a la real. Que no hay continuidad entre una y otra, y que sólo es posible abordar el problema de los sueños atendiendo a su valor metafórico como reflejo de la mente inconsciente. La evidencia neurobiológica parece decantar la balanza hacia la idea de que los sueños tienen mucho que ver con la experiencia real.
En cualquier caso, nuestra mente no elige libremente las situaciones extremas a las que nos enfrenta cuando soñamos. Éstas dependen del imput recibido durante la vigilia, como demuestra una investigación llevada a cabo por profesores de la Universidad estadounidense de Riverside, según la cual los medios de comunicación determinan en buena medida el contenido de nuestros sueños. Su autor, Eric Schwitzgebel opina que "algunos rasgos de nuestra experiencia onírica cambian con el transcurso del tiempo y con los cambios de las tecnologías que utilizamos". Para demostrarlo, explica que en los años 50 se creía que la gente soñaba en blanco y negro, lo cual no era más que un reflejo del tipo de televisión que se veía entonces. En esencia, Schwitzgebel nos viene a decir que nuestra capacidad para reproduir los sueños que soñamos es manifiestamente mejorable. J.A.L. - "Muy Especial" |