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El autobús estaba a punto de partir
cuando llegué a la parada. Su conductor volvió a abrirme las
puertas con una sonrisa y un radiante buenos días. Sólo le
conozco de vista, pues suele estar de servicio en la misma línea
que pasa frente a mi casa. Pero algo de él hace que me parezca conocerle
desde siempre. Quizá
sea la paciencia que derrocha aun en los peores atascos, el buen humor que
irradia con todos los pasajeros, el brillo de la mirada que delata estar
en paz consigo mismo... O sencillamente que todo ello me vuelve a conectar
con mi propio centro, con la esencia del ser. En general, deleita a los
pasajeros con música clásica, en lugar de martirizarles con
partidos de fútbol o tertulias radiofónicas. Así que
el trayecto se hace corto y casi no dan ganas de llegar al destino final,
embebido como queda uno en el presente más intenso del paisaje, que
parece danzar al ritmo de las notas.
Es casi seguro que él no está contando las horas que faltan para el fin de la jornada, pues ésta es parte importante de su vida y parece vivirla lo más intensa y satisfactoriamente que puede. A esto le llamo la heroicidad de lo cotidiano o la iluminación de cada instante. Es fácil ser héroe una vez en la vida; es fácil tener un pequeño satori al salir de un retiro de meditación, pero más difícil y meritorio es ser consciente momento a momento, contagiar alegría semana a semana, realizar impecablemente la tarea elegida o que nos ha tocado en suerte como si fuese el primer y el último día de nuestra vida. Afortunadamente, todavía es posible encontrar a estos "iluminados anónimos" en los sitios más insólitos y entre las profesiones más variadas. Me viene ahora a la memoria el ferretero de mi barrio, que se pasa media hora arreglándome la olla exprés con gran profesionalidad y no me quiere cobrar nada porque no ha necesitado ponerle ninguna pieza nueva. Y no es tanto por el detalle, en una época escasa de tiempo, como por la naturalidad con que lo hace. Es claro que no soy el único privilegiado. También recuerdo ahora a una de las funcionarias del Registro Civil Central, que atiende con simpatía, paciencia y competencia a la larga cola de personas, muchas de ellas extranjeras que no logran expresar bien sus dudas. Ella sigue sonriendo, dando toda clase de explicaciones y facilitando los normalmente engorrosos trámites administrativos. Nadie la recompensará por ello, pero llegará a su casa ligera y fresca al final del día, porque ha entregado lo mejor de sí minuto a minuto, sin esperar nada a cambio. Éste es el auténtico karma yoga o yoga de la acción desinteresada. Una sola persona de este tipo basta para alegrarnos el día, para hacernos recobrar la fe en la Humanidad y en nosotros mismos como parte de ella. Siempre he pensado que deberían inventarse premios, alicientes y reconocimientos a este tipo de personas. Mientras llega ese momento, les rindo desde estas líneas
mi homenaje y admiración, y Todos estos héroes de lo cotidiano no necesitan el aplauso público, pues su mejor recompensa es su propia alegría interior y el contagio que transmiten. Sus actos son las pequeñas olas de conciencia que golpean las costas de la rutina. Su presencia nos obliga a estar presentes y su corazón nos impulsa a convertir la cotidianeidad en epopeya. |