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MSF me solicita un texto sobre el mundo de la ayuda humanitaria, pero hoy no me siento capacitado para escribir sobre la responsabilidad de los periodistas que colocamos o borramos las guerras o las crisis del mapa, o que acudimos a ellas siempre con un billete de ida y vuelta; tampoco lo estoy para reflexionar sobre el papel de los pequeños donantes que ofrecen su dinero conmovidos por una foto del dolor y no por un sentido constante de la solidaridad; o de los Gobiernos que se resisten con trucos de contables a ceder el 0'7% o que privatizan su cuota de responsabilidad en el socorro a ese mismo Tercer Mundo que ayudaron a esquilmar; ni de las ONG, ni de sus aciertos ni de sus fallos, ni de la necesidad de tender a programas de desarrollo en los que puedan trabajar juntas organizaciones diferentes, o en campañas como las de las minas o las armas ligeras. Tampoco me siento capacitado para escribir sobre la exasperante burocracia de la ONU y de sus agencias, ni de la gran mentira que es la política internacional -en Kosovo o en cualquier parte-, o de los intereses de la economía global, siempre en colisión con el bienestar local. No, hoy no quiero pensar como un analista o un aprendiz de político. Tan sólo, deseo incorporarme, escuchar la voz de Julius Nyerere ("no somos pobres por castigo divino sino por la explotación sistemática a la que hemos sido sometidos"), y tratar de hallar una respuesta que me exija tomar consciencia de mi responsabilidad como ser humano y combatir de una vez las causas de la injusticia sin esperar a sus efectos devastadores. Y esta respuesta, tal vez, esté en un pequeño poema.
Ramón Lobo (Periodista) |