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Unos 60.000 niños viven en las calles de Nairobi. Otros 40.000 más se reparten entre las ciudades más importantes de Kenia, como Nyeri, Meru, Mombasa o Eldoret. Son la imagen más palpable del drama que viven las urbes de los países empobrecidos del planeta, donde la lucha por la supervivencia se convierte en el único objetivo de cada día. Inhalar colas, disolventes o gasolina aleja a los "niños del pegamento" de la cruda realidad, a la que también se enfrentan numerosas ONG y congregaciones religiosas. Son la punta del iceberg de la miseria y la desolación de países castigados por el peso de su deuda externa y de las alianzas internacionales para la explotación comercial.
Las guías turísticas, incluso las que
están dirigidas a los aventureros, recomiendan no recorrer el
City Park de Nairobi a partir de las cinco de la tarde. A esa hora oscurece
y este lugar de la capital, como muchos otros, se puebla de miles de
diminutos seres que sobreviven a su suerte en mitad de la urbe. Son
los "niños del pegamento", o los "niños
de la calle". Menores de 12 años que deambulan sin rumbo
fijo y que han llegado desde diferentes zonas del país en busca
de algún medio para subsistir. Con los ojos enrojecidos, ocultan
en las mangas de amplios gabanes o jerseys harapientos pequeñas
botellas de agua mineral o envases de gel repletos de gasolina o pegamento
que inhalan sin cesar. Reclaman unas monedas o tratan de obtenerlas
por diversos medios. Huyen como pueden de los guardianes de los comercios,
bancos y hoteles, que les amenazan con sus porras para que no enturbien
la estancia o las gestiones de los occidentales o de la escasa minoría
keniana que mantiene un alto nivel de vida. Este ejército de niños es apartado de las calles del centro de la capital cuando se celebra alguna cumbre de altos dignatarios de los países del África Oriental, o cuando el presidente Daniel Arap Moi visita el Palacio de Congresos. Son expulsados por la policía a los slums -suburbios- de los arrabales de Nairobi, adonde regresan cada noche la mitad de esos 60.000 niños de la calle a "compartir" habitáculos de seis metros cuadrados con sus padres y hermanos, por los que se llegan a pagar 800 chelines kenianos al mes (unas 1.600 pesetas), sin luz, agua y condiciones sanitarias mínimas. A veces, los más pequeños son entregados por las autoridades, tras pasar por el Tribunal de Menores, a alguno de los escasos centros de acogida, en su mayoría regentados por Organizaciones No Gubernamentales o por congregaciones religiosas. El Familia ya Ufariji es uno de los centros más recientemente construidos para albergar a los niños de la calle. Enclavado en el suburbio de Kahawa West, a unos 20 kilómetros del centro de la capital y sobre una antigua extensión de cafetales, cuando se encuentre en pleno funcionamiento atenderá a unos 150 chavales de tres a nueve años. Promovido por los Misioneros de la Consolata, ha contado con la ayuda de la ONG italiana Juntos se puede y con la española Manos Unidas. Karioki es el más pequeño del centro, y a sus tres años ya sabe lo que es la calle. Fue recogido por la policía junto a otro hermano mayor después de que sus padres murieran en un accidente de tráfico y quedaran a su suerte. Ahora están escolarizados y abandonan por unas horas el centro para acudir a la escuela donde están matriculados. "La mayor parte de los niños que vienen aquí han sido rechazados por sus padres, ya que no los pueden mantener; algunos han sido abandonados en mitad del bosque, han sufrido malos tratos y otros tipos de violencia", afirma Alessandro Signorelli, uno de los dos hermanos de la Consolata que regentan el centro. "Sufren pesadillas, están tristes y están muy faltos de cariño, aunque existe mucha solidaridad entre ellos; casi todos han inhalado cola o gasolina y tienen graves problemas de desnutrición y respiratorios", señala su compañero Angelo Riboli. Su centro cuenta con la autorización del Ministerio de Asuntos Internos y Patrimonio Nacional keniano para asumir la patria potestad de los menores hasta que cumplan 18 años. ||LOS NIÑOS DE LA HARINA|| La vida en los suburbios es muy dura, muy dura. Se
constata en una simple visita al de Mukuru y al observar las miradas
penetrantes de algunos de sus 250.000 habitantes, que han llegado hasta
allí huyendo de la sequía y el hambre de las zonas rurales.
Otros son refugiados de Sudán, Somalia, Etiopía, Uganda,
Burundi y Ruanda. Sus moradores recalan con la idea de encontrar un
trabajo para poder alimentar a sus numerosas familias. Pero su escasa
preparación y la falta de puestos de trabajo (las cifras oficiales
hablan de un desempleo situado en torno al 60%) les empuja a la mendicidad,
el vagabundeo y la marginación. "El futuro está en las manos de las mujeres, pero el camino es muy lento, con una realidad tan dramática como la de los niños de la calle", asegura Catherine, una trabajadora social de Imani. Por su despacho pasan al año más de un millar de mujeres jóvenes solteras, que asisten a los cursos de costura, peluquería, autoestima, hábitos de salud, encuadernación, creación de empresas y obtención de micro créditos con los que poner en marcha sus iniciativas. Manos Unidas ha financiado la construcción de una guardería en Imani para que los niños de las jóvenes que asisten a los cursos puedan estar atendidos. "El principal problema de estas niñas es que les cuesta tomar conciencia de que tienen valor por sí mismas, porque consideran que no valen nada; intentamos que reaccionen y que sean capaces de rehacer sus vidas, junto a sus hijos, en un clima menos violento". Esto es lo que casi ha logrado Jane Wanjiru, hasta hace poco niña de la calle, quien cuenta que "vivía en la calle, con el frío y recogía alimentos de la basura; sufría mucho". Su madre murió de SIDA. Su padre pide limosna por la calle. Cuando Jane llegó a Imani, a los 15 años, no sabía leer ni escribir y no tenía, por supuesto, un oficio. Hoy, un año más tarde, es peluquera. Cuando complete el curso, y tras un período de prácticas, intentará encontrar un empleo o crear su propio negocio. Su objetivo es el de retirar a su padre de las calles. Quien también fue niña de la calle y conoce ahora este drama en la piel de dos de su seis hijos, que deambulan por la capital, es Sabine Koka. A sus 25 años conoce de cerca las pobladas vías de Nairobi, adonde llegó en 1983 de la zona rural de Kitui para buscar trabajo. Empezó como criada y comenzó a tener hijos enseguida. Además de los dos que están en la calle, los otros cuatro se encuentran acogidos en dos centros, uno estatal y otro de la Iglesia Presbiteriana. "Sus historias son las de miles de niñas y niños que sobreviven en medio de la ciudad, por lo que su futuro está muy oscuro; desde proyectos como el nuestro tratamos de que recuperen su dignidad como personas y traten de afrontar sus vidas con esperanza", concluye el norteamericano Timothi Philips, actual responsable de Imani. Pedro J. Navarro - "OeNeGé" |