París misterioso


Santos, brujos, astrólogos y toda clase de personajes más o menos célebres dejaron sus huellas en París. Los edificios y monumentos reflejan la magia de una existencia recubierta por la pátina de la historia y de lo inexplicable.

París, además de ser, según la opinión de muchos, la ciudad más bella del mundo, tiene también la mayor concentración de lugares secretos y misteriosos de todas las urbes del planeta. No es una exageración. ParísIncluso a los ojos de los menos entendidos, la "Ciudad Luz" contiene muchas claves esotéricas ocultas en sus subterráneos, estatuas de criaturas fantásticas, callejones centenarios, monumentos colosales y cementerios llenos de tumbas insólitas.

Sobre los orígenes del nombre de París continúan todavía devanándose los sesos numerosos investigadores. En su antigua denominación, Lutetia, se ha creído encontrar una referencia a Lug o Luc, el sabio dios celta de la luz, representado siempre con su caldero mágico. Pero otras etimologías recalcan la importancia de la sílaba "is", un sufijo precéltico que designa un lugar sagrado donde hay una corriente subterránea de agua o el paso de una energía telúrica, que crea unas condiciones favorables para los ritos adivinatorios y de iniciación. Sea como fuere, la huella de la diosa egipcia Isis, de la que se encontró una estatua en 1905 a 9 metros de profundidad bajo los antiguos fosos de la Bastilla, durante las obras de construcción del metro parisino, se deja sentir, y para algunos está detrás del nombre de la ciudad: Par-Isis, "la barca de Isis". Resulte acertada o no esta hipótesis, lo que salta a la vista es que la isla de la Cité tiene una forma muy parecida a la de las barcazas que surcan el Nilo desde los albores de la historia.

Nuestro recorrido por el París de nuestros días podría, en realidad, empezar por cualquier parte, ya que tanto en las más recónditas callejuelas como en las modernas avenidas se puede encerrar un enigma que atraiga nuestra atención. Pero, como es necesario tomar un `punto de partida, podemos comenzar por el tercer distrito, donde se encuentra la calle Payenne. Allí, en el número 5, está la "Casa de Clotilde", llamada así porque en ella vivió Clotilde de Vaux, inspiradora y musa de Comte, el fundador de la doctrina positivista. En 1903, la iglesia positivista de Brasil compró su casa a la familia de Clotilde. Teixeira Mendes, uno de los principales discípulos brasileños de Comte, decidió transformar el edificio en un "resumen cultural de la Religión de la Humanidad" y levantó en su interior una "Capilla de la Humanidad", reproducción fiel, en escala reducida, del templo de la Humanidad que había concebido y descrito Augusto Comte.

Tras algunas ceremonias iniciales en 1905, jamás se volvió a celebrar ninguna otra liturgia en aquella capilla. Hoy, la primera planta está prohibida al público e incluso se piensa que Clotilde pudo no haber vivido en aquel edificio, y sí en el del número 7 de la misma calle...

CaminandoPero no sólo el positivismo ha dejado su huella en las calles parisinas. Los místicos, monjes y alquimistas tienen también cabida en la Ciudad del Sena. En uno de los barrios más clásicos, en la orilla izquierda del Sena, está una de las vías más transitadas por los monjes templarios del medievo: es la calle de Saint-Jacques (Santiago). Quien pase por esta calzada medieval debe saber que el asfalto que pisa aún recuerda el paso de aquellos caballeros templarios protectores de las rutas del peregrinaje. En el siglo XII, la orden militar y religiosa de Saint-Jacques du Haut Pas se estableció aquí para fundar una iglesia con su mismo nombre y un hospital, justo en el lugar donde hoy existe un Instituto de Sordomudos.

No hay que confundir el nombre de esta calle con la de la Tour Saint Jacques. Para llegar a ella es preciso cambiar de distrito y llegar hasta un pequeño barrio comprendido entre la Avenida Victoria y la calle Rívoli. Esta torre es el único vestigio que queda de la iglesia de Saint Jacques la Boucherie, cuyo pórtico fue mandado construir por el célebre alquimista y ocultista Nicolas Flammel, de quien decían sus contemporáneos que obtuvo grandes cantidades de oro mediante procedimientos alquímicos de transmutación.

Los misterios del Oriente también tienen su representación en la Ciudad Luz. En el Bosque de Vincennes se ubica el "Instituto Budista Internacional de París", dentro del antiguo pabellón de Camerún, que fue construido para la exposición colonial de 1931. En su interior hay un gran Buda de 9 metros de altura recubierto de oro, conocido como el "Buda de París". Desde 1984 el Instituto posee un templo tibetano. Un bello grupo escultórico de Tarao Yazaki representa a varios peregrinos Zen. Para conocer el Instituto hay que concertar las visitas con antelación.

Otro recorrido nos lleva hasta un viejo edificio, el número 5 de la calle Ancienne-Comédie, donde nació en 1810 y vivió uno de los mayores magos modernos, Alphonse-Louis Constant, más conocido como Eliphas Levi, autor, entre otras obras, de Dogma y ritual de alta magia y La llave de los grandes misterios. Levi, que en su juventud se ordenó como diácono, aunque luego le expulsaron del seminario, fue un gran cabalista y dio un impulso decisivo al movimiento ocultista europeo, originando la restauración de antiguas órdenes místicas y el resurgimiento de las ciencias esotéricas en Francia.

||LAS ENTRAÑAS DE PARÍS||

Mientras por las calles deambula un gran número de visitantes de museos y monumentos, a 22 metros de profundidad, donde la luz no alcanza a filtrarse, hay un mundo inhóspito y tenebroso. Son las entrañas de París, una maraña de subterráneos de 300 kilómetros de longitud que abarca la casi totalidad de los 20 distritos de la ciudad. Cuevas, criptas, alcantarillas y catacumbas se interconectan a lo largo y ancho de la capital, formando una extensa telaraña a la que tan sólo unos pocos tienen acceso.

La muerteExisten varias puertas, pero su entrada está prohibida desde 1955 y vigilada severamente por la policía. A pesar de que la puerta oficial está ubicada en la Place Denfert-Rochereau, al sur de la ciudad, los "cataphiles" o amantes de lo oculto acaban por colarse sigilosamente a través de algunas de las 26.000 bocas del alcantarillado. La entrada ostenta esta inscripción: "Deteneos, es el imperio de la muerte". La leyenda afirma que un ser fantástico vaga todavía por la soledad de las oscuras galerías subterráneas. Dicen que su aparición significa la muerte: quien lo encuentre puede tener la seguridad de que morirá en el transcurso de ese mismo año, o de que perderá a un ser querido.

Desde esta plaza de Denfert-Rochereau parten las ramificaciones del osario, donde han ido a parar los esqueletos de los cementerios del París de finales del s. XVIII, desbordados tras diez siglos de servicios. Seis millones de difuntos ocupan esta superficie de 11.000 metros cuadrados y 30 kilómetros de galerías, delimitada en el exterior por las calles Hallé, Dareau, René-Coty y Alembert.

||BRUJOS Y DIABLOS||

¿Se puede esconder un diablo en una botella? En el número 54 de la calle Manzarine vivía en el s. XVIII Alexandre Berbiguier de Terre-Neuve du Thym. Según narra él mismo en su autobiografía, este medio-brujo tenía su propio método para acorralar a los demonios y duendes que perturbaban su sueño: bastaba echar humo de tabaco a los ojos de las criaturillas que, de inmediato, caían atontadas. Luego las metía en botellas con vinagre y pimienta selladas con "cera de España".

No sería posible recorrer las calles de París y hablar de demonios sin nombrar a los personajes más famosos y emblemáticos de la catedral de Notre-Dame: sus demonios-gárgolas, Gárgolaeternamente al acecho desde lo más alto de las torres.

Cuenta la leyenda que la gárgola era un dragón que devastaba continuamente un bosque de los alrededores de Rouen. En el año 520, san Román, arzobispo de la ciudad, decidió poner fin a sus correrías y consiguió amansar a la fiera hasta llevarla a la ciudad, donde fue quemada. Lo cierto es que, bajo el nombre de gárgolas, numerosos monstruos pueblan hoy en días las alturas de Notre-Dame. Ubicada en el distrito 1 de la ciudad, el más clásico y elegante, esta grandiosa construcción está situada en la place du Parvis, donde se encuentra el kilómetro cero de las carreteras nacionales de Francia. Cabe señalar que delante del pórtico derecho se citaban los alquimistas del Medievo y que, desde lo alto de la décima galería, un extraño e inquietante personaje, ataviado con el gorro frigio de los misterios de Eleusis, observa en silencio la escena. Nadie parecía perturbarse ante su presencia, porque era una estatua de piedra: el alquimista de Notre-Dame, representación de los elegidos capaces de descifrar los arcanos de la verdadera ciencia.

Pero hay más hechos insólitos relacionados con Notre-Dame. En 1711 se descubrieron, bajo dos gruesos muros, numerosos bloques adornados con bajorrelieves e inscripciones que despertaron la curiosidad de los sabios de la época. En esos bloques hay figuras de diferentes dioses (Marte, Minerva, Apolo, Mercurio, Diana...) y parece que formaron parte de un monumento votivo perteneciente a Júpiter, rematado por una estatua de este dios y erigido en el s. I de nuestra era.

En la calle Saint-Martin se encuentra la iglesia de Saint-Martin-des-Champs, erigida en torno al año 1000 como conmemoración de un milagro llevado a cabo por este santo: la curación de un leproso. Pero es otra iglesia, la de Saint-Merri, que está en esta misma calle, la que más puede atraer la atención del buscador de lo insólito. En el extremo de la ojiva del pórtico central hay una pieza esculpida, de 30 centímetros de altura, representando a un demonio. La figura, que tiene dos cuernos en la frente, un rostro barbudo, dos senos femeninos, un pene erecto, dos alas semirreplegadas tras él y las rodillas cruzadas, ha hecho pensar a numerosos ocultistas que se trata de una representación del Baphomet adorado por los templarios en el transcurso de unos rituales que trajeron de Asia Menor. La cercanía de un edificio perteneciente a los Caballeros del Temple muy cerca de la iglesia de Saint-Merri podría confirmar la veracidad de la hipótesis que mantienen que dicho templo fue considerado como un lugar lleno de implicaciones ocultistas.

Pero además de este París de las gárgolas, los dioses y los símbolos templarios, hay otro, el del Terror, para entrar en cuyo corazón es imprescindible acercarse al nº 9 de la calle Cour-du-Commerce-Saint-André-des-Arts, donde Monsieur Guillotin hizo construir en 1792 la máquina de matar que lleva su nombre. Hoy, ajenos a este acontecimiento, los clientes del pub Saint Germain consumen sus bebidas sin saber que en ese mismo enclave se llevó a cabo el macabro invento de la guillotina. Ya no queda nada de aquella casa; tan sólo una placa rememora esta fecha histórica, pero en la misma calle se encuentra el café más antiguo del mundo, el Procope, y también una de las torres que formó parte de las antiguas murallas de la ciudad.

||EL OBELISCO Y EL PÉNDULO DE FOUCOULT||

Una de las plazas más famosas de París es la de La Concorde o Concordia. Construida entre 1754 y 1763, fue el lugar donde se cortaron 1119 cabezas humanas durante la Revolución Francesa. Allí también se yergue, desde 1836, el majestuoso obelisco egipcio traído de Luxor, que fue regalado a los franceses por el gobernante egipcio Mehmet-Ali. El monumento, de granito rosa y erigido sobre una base de 1,70 metros, pesa 250 toneladas y mide 23,39 metros de altura. Sus cuatro costados están recubiertos de jeroglíficos que narran las hazañas de Ramsés II y de Ramsés III.

En el corazón de la ciudad y muy cerca de la catedral de Notre-Dame se levanta el gran Notre-DamePanteón de París, en la plaza del mismo nombre. Soberbio e imponente, fue concebido como iglesia católica para después convertirse en un templo laico destinado a albergar a los grandes hombres que lucharon por la libertad. Allí están los restos de personajes como Voltaire, Rousseau, Victor Hugo, Émile Zola o Pierre y Marie Curie, siendo esta última la única mujer cuyo cuerpo reposa allí. Muchos desconocen que el Panteón fue el escenario donde el físico León Foucault demostró la rotación de la Tierra. Más tarde, el semiólogo Umberto Eco tomó de este acontecimiento el título de su famosa novela conspiranoica y ocultista "El Péndulo de Foucault".

Otro de los más célebres monumentos parisinos es el Arco de Triunfo, sito en la plaza Charles de Gaulle-Étoile. Fue proyectado por Napoleón I para glorificar al ejército de su país y se inauguró el 29 de julio de 1836. Mide casi 50 metros de altura y 44 metros de longitud. Es el más grande del mundo, seguido del arco de Constantino, en Roma (24 metros de altura). Desde 1923 oscila en su cima una llama eterna como homenaje a los soldados franceses caídos en combate. Algunas interpretaciones esotéricas quieren ver en esta llama una representación del dios solar Mithra. Del Arco irradian doce avenidas planificadas por Napoleón III: son los 12 signos del Zodiaco.

Torre EiffelEn la Rive Droite, sobre la colina de Montmartre, está la blanca y resplandeciente basílica del Sacré-Coeur, alzada sobre un cerro que guarda una gran variedad de fósiles. Pero el monumento parisino más ciclópeo es, sin duda, la Torre Eiffel. Sus casi 300 metros de altura y 125 metros en cada lado de la base cuadrada concentran un peso de 7000 toneladas. Más cifras: tiene 15.000 piezas metálicas y su volumen equivale a 7 millones de metros cúbicos. Pocos saben que la torre sirvió como centro de captación de mensajes radiofónicos cifrados durante la I Guerra Mundial. Allí se interceptaron los mensajes de la famosa espía Mata-Hari, que fue hecha prisionera y fusilada el 15 de octubre de 1917. Y todo por culpa de la Torre Eiffel...

||ISIS EN LA BASTILLA||

Cerca de uno de los costados del Museo de Louvre se encuentra la iglesia de Saint-Germain l´Auxerrois, erigida en el siglo VII en homenaje a este santo que se destacó por su lucha contra las herejías en Inglaterra. Sobre ella se construyó un nuevo templo en el siglo XIII para dar cobijo a las reliquias del santo, además de al cuerpo de san Landry, obispo de París, y a algunas vértebras y dientes de san Vulfran. Pero lo más interesante de esta iglesia es su fantástico bestiario de piedra. Grifos, monos, perros, gárgolas y otras bestias se asoman por cualquier rincón. La figura más bella y enigmática es la de "María la Egipcia", una especie de Eva con largos cabellos hasta las rodillas que tapan su desnudez.

Más tesoros. En el 542 el rey Childeberto I regresó de España trayendo como trofeo de Cálizguerra un rico tesoro: la túnica de san Vicente, una cruz de oro de Toledo con incrustaciones de piedras preciosas, 30 cálices de oro y 20 cajas cargadas de ricos objetos. Bajo la iniciativa de Germain, el obispo de París, hizo construir un monasterio para custodiar estas riquezas. Antes de morir, en el 576, el santo obispo añadió a sus reliquias otras de origen más dudoso, como un fragmento de la corona de espinas de Cristo, un brazo de san Jorge y una pierna de uno de los Santos Inocentes. Más tarde, en el siglo IX, surgió allí la iglesia de Saint Germain-des-Prés. Hoy podemos apreciar (a pesar del descuido y abandono) sus bellísimos capiteles, decorados con Sansón luchando contra un león y un variado bestiario compuesto por sirenas, serpientes entrelazadas, hipopótamos, etc.

Se dice que en el s. XV había en este templo una representación de Isis que era venerada como si se tratara de una más de las numerosas vírgenes negras que jalonaban el territorio francés, lo que no haría más que reafirmar las relaciones que se habían establecido en la antigüedad entre esta deidad egipcia y la Ciudad de la Luz.

En el siglo XVII sucedieron muchos milagros en esta iglesia. Uno de los monjes, Atanasio de Mongin, desarrolló dones proféticos y levitaba al entrar en éxtasis. Otro monje, Plácido Porcheron, que murió en 1694, estaba oficiando una misa cuando la hostia, en el momento de la consagración, se elevó en el aire y permaneció ardiendo y despidiendo llamas durante más de una hora.

Otra de las pequeñas sorpresas que nos depara cualquier rincón de esta ciudad fabulosa: paseando por la calle Vieille du Temple nos encontramos con una fantástica cabeza magníficamente tallada en madera e incrustada en un inmenso portal. Su rostro añejo exhibe a su alrededor varias serpientes entrelazadas y contempla impertérrita al viandante, mientras saca su lengua en señal de burla o, tal vez, de misteriosa salutación.

M. Llor/P. Villarrubia

Retrocede