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"Quiero aprender a maravillarme
de una manera distinta, aprender a ver las formas viejas con ojos
nuevos en lugar de mirar, como hasta ahora, las formas nuevas con
ojos viejos, tal vez así adquiera la juventud eterna" ********************************************** Igual que sus homólogas europeas, la catedral de Burgos es depositaria de un lenguaje simbólico relacionado con la sabiduría alquímica. Entre todas, destacan las imágenes de la tría prima, idénticas a las que siglos más tarde decorarían uno de los textos alquímicos más famosos de la Edad Moderna: Las doce llaves de Basilio Valentín. En 1121 se iniciaban las obras de la que habría de ser la más fastuosa de las catedrales góticas españolas. Ubicada en Burgos, en pleno camino de Santiago, se desconoce el nombre de sus primeros artífices, si bien la tradición mantiene que fueron franceses, quizás los mismos que trabajaron en otra catedral emblemática, la de Notre Dame de París. El obispo Mauricio, principal impulsor de la construcción, fue quien sugirió a Fernando III, rey de Castilla, que siguiera los patrones arquitectónicos de la catedral parisina. Si bien se desconoce el nombre del primer maestro constructor, sí sabemos que fue el maestro Enrique y sus dos hijos, famosos ya por construir otras iglesias del Camino de Santiago, los encargados de continuar las labores, imprimiendo al templo sus connotaciones simbólicas y místicas. ||MORADAS FILOSOFALES|| Desde que, en la segunda década del siglo XX, vieran la luz los escritos del alquimista francés Fulcanelli, son muchos los que se han aproximado a las catedrales europeas en busca de mensajes simbólicos. Surgía así el concepto de morada filosofal, entendido como soporte simbólico de la verdad hermética, esto es, cualquier representación vinculada con el hermetismo y el arte sagrado presente en templos y recintos cristianos. En el caso concreto de las catedrales románicas y góticas son muy abundantes, pues existe una corriente continua de transmisión entre los constructores de catedrales y los alquimistas medievales. La alquimia llega a Europa en plena
Edad Media. Nacida en Oriente Medio y practicada por todos los pueblos
de la antigüedad, esta filosofía de la Todas estas creencias llegan a la Europa medieval de la mano de los árabes instalados en la península Ibérica, así como de los cruzados y templarios que habían entrado en contacto con el saber de Oriente Medio, siendo acogidas con devoción y entendidas desde tres enfoques distintos: una alquimia material, capaz de transmutar metales para obtener oro y plata; una alquimia médica, capaz de proyectar la purificación de la materia en el cuerpo humano, librándolo de enfermedades; y una alquimia espiritual, destinada a elevar el espíritu humano hasta alcanzar la pureza y el contacto con la divinidad. Los constructores de catedrales, personajes emblemáticos del medioevo europeo, fueron testigos de excepción de esa recepción del saber alquímico. Como en tantas otras ocasiones, fueron los encargados de donar a la posteridad los símbolos iconográficos propios de la alquimia, incorporándolos a sus construcciones, verdaderos libros en piedra del mundo medieval. Entre la abundante iconografía alquímica de la catedral de Burgos, son dos los elementos a destacar: la clave novena de Basilio Valentín y el capitel de los alquimistas. ||LA LLAVE DEL MAESTRO DE ERFURT|| Sobre la Puerta de Santa María, a ambos lados del rosetón, se sitúan, paralelas, sendas representaciones de la tría prima, símbolo utilizado por los alquimistas para significar la Gran Obra, el proceso que debía realizar el adepto sobre la materia para alcanzar la materia prima inicial. Una de las muestras más conocidas de la tría prima alquímica se encuentra en la novena clave de Basilio Valentín, más conocido como el maestro de Erfurt.
De entre todos ellos (en total eran veintiuno), dedicó uno a explicar la obra alquímica a través de lo que él denominó doce claves o llaves destinadas a desentrañar los misterios del arte sagrado. Publicado por primera vez en 1599 bajo el título de Zwölff Schlüssel, la edición más conocida sería la francesa de 1624 Les Douze Clefs de Philosophie (París), que se convirtió en uno de los textos de referencia para los consagrados a la consecución del opus alquímico. La llamada novena clave describía una fase de la gran obra más conocida como la cola del pavo real o cauda pavonis, por la sucesión de colores que se observaban en la materia a transformar. Tras administrarle un calor elevado, la materia contenida en el matraz mostraba una rápida sucesión de colores hasta que todo se volvía de un hermoso verde que, conforme maduraba, alcanzaba una perfecta blancura. Lo que se estaba describiendo en esta novena clave era la obtención de la llamada Tintura Blanca, poseedora de grandes poderes medicinales y capaz de transmutar los metales inferiores en plata. Sin embargo, no era la meta final del alquimista, interesado en la obtención de la llamada Tintura Roja o polvo de proyección, capaz de transmutar los metales en oro y puerta a la inmortalidad. Bien podría pensarse que la presencia de la tría prima en la Puerta de Santa María es una señal de la transformación de cuerpo, alma y espíritu que se opera en el hombre que accede al recinto sagrado, gran vaso alquímico para transformar conciencias. No hay que olvidar que alquimia y religión cristiana van íntimamente unidas en su simbolismo e iconografía. ||QUINTAESENCIAS MEDICINALES|| Ya en el interior de la catedral, escondido en la Capilla de los Condestables, se puede observar un capitel donde laboran tres alquimistas, entre retortas y morteros, en la consecución de la Gran Obra. La práctica alquímica necesitaba del uso de una serie de instrumentos que, con el paso de los siglos, se iban transformando en señas características de maestros artífices. Horno filosófico, retortas, vasos y alambiques serán claves en el quehacer diario del alquimista, cuyo objetivo final era la obtención de la piedra filosofal o polvo de proyección, capaz de transmutar metales en oro y plata y de curar enfermedades. La alquimia medicinal gozó de gran fama, siendo practicada no sólo por los alquimistas tradicionales, sino también por médicos y boticarios. La creencia en una quintaesencia capaz de entrar en contacto con el cuerpo humano y de transformar la enfermedad en salud fue la clave que guió a médicos, boticarios y alquimistas desde finales del Medioevo hasta bien entrado el siglo XVII. Esta sustancia se elaboraba, mediante procedimientos alquímicos, a partir de cualquier otra. Las bases filosóficas del procedimiento se asentaban en la supuesta existencia de un elemento puro e incorruptible en la materia terrestre, el llamado quinto elemento o quintaesencia, del cual procedían los otros cuatro (aire, agua, tierra y fuego). La práctica alquímica ponía al servicio del artífice los procedimientos necesarios para extraer esa quintaesencia, por sucesivas destilaciones y sublimaciones de la materia inicial. La utilización del fuego hizo de los hornos, las retortas y los alambiques instrumentos esenciales en la práctica alquímica destinada a la obtención de medicamentos.
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